
El domingo y su inmovilidad. Otro domingo sin sol. Otro domingo sin más afán que la lectura, entrecortada por escenas cinematográficas y reiterados sorbos de cerveza, café y miradas fotográficas; otro domingo sin sol, y sin embargo abotagado de atardecer por todas las ventanas. Otro domingo de desierto, de pesadumbre no mal vista, sí angustiosa, aunque desternillada de risa.
El domingo y su inmovilidad. Un domingo más de un trotar lentísimo y apagado. La inmovilidad de los domingos va siendo cada vez más aguda, quizás sofocante, delirante. Sin embargo, no encuentro hoy otra manera de identificarlos: su inmovilidad, por cercana y delicada, me parece una cualidad que los vuelve disfrutables, por más disparatado que pueda sonar esto. En su no-transcurrir encalla el único horizonte al que se puede aspirar: sus horas son como abrazos que traen, desde la calle, una atmósfera reconocible, y por eso mismo, asequible, hasta tal punto inclasificable.
La inmovilidad de los domingos está dictada desde sus entrañas, desde ese fondo del que surge a pesar de los otros seis días que lo separan de su repetición: ese trago que supone su vivencia va calándose en la garganta, ganando presencia conforme se desliza a los adentros y dejando una estela de quietud tan deliciosa como única, incapaz de repartirse, de repatriarse, de revertirse.
Otro domingo sin sol. Y no es que se trate de un día oscuro, sino que un domingo sin sol es un domingo sin calle, un domingo que avanza “detenido”. Esa inmovilidad tan inherente a los domingos no propicia ningún desequilibrio, antes bien recompone los trazos torcidos de los otros días semanales: en el domingo se vierten toda clase de acciones y pensamientos que, por ningún motivo y bajo ninguna clase de amenaza o inventiva, pueden tener lugar en los días restantes. Otro domingo sin sol vino, y no obstante que el calendario señala que hoy ya se trata de otro día, el domingo sin sol continúa columpiándose más allá de mi puerta.
“A tientas, al fondo de la niebla / que cae de los remotos días, / volvemos a sentarnos / y hablamos ya sin vernos. / Rectas sillas vacías / aguardan a quienes, desde lejos / retornarán más tarde. Comenzamos a hablar / sin vernos y sin tiempo. / A tientas, en la vaharada / que crece y nos envuelve, / charlamos horas sin saber / quién vive todavía, quién está muerto”
Eugenio Montejo, “Sobremesa” en Muerte y memoria
(No estoy del todo seguro, pero "Otro domingo sin sol" es una frase que tal vez leí o escuché en algún lado.)
Imagen: mifotosegundaparte.blogspot.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario