
Su obsesión por encontrar a la mujer desconocida lo hizo cometer todo tipo de actos incongruentes, inauditos, atroces, poco imaginativos, desaforados: don José, de edad avanzada, pasó por alto las normas –oxidadas, vetustas, obsoletas– que regulaban sus jornadas de trabajo en el servicio público del registro civil, con el único afán de hallar a esa mujer con la que se topó una noche en la sala de su casa por un error involuntario: fue a parar a sus manos su registro de nacimiento, apareció entre los de los personajes famosos que coleccionaba.
A partir de allí, toda su concentración y esfuerzos fueron destinados a encontrarla a como diera lugar; su búsqueda, sin embargo, no fue del todo sencilla o luminosa, tuvo que pasar tragos amargos, incomodidades, desaires, malos gestos, enfermedades, reprimendas, e incluso señalamientos y juicios prematuros: una especie de Quijote que va en busca de la doncella que no sabe ni siquiera que existe alguien que anda tras de sus huellas.
Encontrar a alguien del que no se tienen mayores señas –primero, su nombre y después, una serie de fotografías, aunque todas viejas– resulta, a vuelo de pájaro, una empresa descabellada: el espíritu de don José no se arredró ante tal acometida, quizá porque, en el fondo, no era del todo consciente de la envergadura de lo que se proponía. En su ingenuidad, por paradójico que parezca, estaba su fortaleza.
Asaltar una escuela, entrar a escondidas en un departamento ajeno, falsificar documentos oficiales, ausentarse al trabajo, comportarse de un modo inadecuado a su edad, mentir como práctica cotidiana en sus pesquisas y, sobre todo, llevar a cabo todo ello sin un fin determinado, condujeron a don José a un desconocimiento de sí mismo. Su fe en el posible encuentro, no obstante enterarse que la mujer que buscaba había muerto –suicidio–, lo llevó a un raro estado de felicidad inaudita, a una espera que se prolongó a medida que estaba más cerca del objetivo. La distancia entre don José y la mujer desconocida no se acortó sino hasta el último instante: cuando él la trajo de vuelta al mundo de los vivos.
“No soy familia de esos árboles / que avanzan de muletas en su verdor / al patio de internado. Me toman / sin conocerme. Posan en mis cabellos / el compasivo silencio de sus ramas / y aguardan… Ya nadie viene. / Ni (mi) madre que me conduzca por el río / de su sangre. Ni la buena pestaña / que se lleve mis ojos. Hastiada la cabeza / se me hunde en el pulmón de las costillas”
Eugenio Montejo, “No soy familia de esos árboles” en Élegos
Imagen: www.arteyartistas.wordpress.com
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