lunes, 9 de marzo de 2009

Trampas


Hay aromas que ligamos con hechos, objetos, vivencias personales, días idos, rostros familiares, querencias, retratos irrefutables; olores que se quedan impregnados en algún rincón de la memoria, ululando, con un pequeño atisbo de vida. Y no se recurre a éstos para traer un instante de satisfacción al presente o para entristecerse a propósito, sino que ellos –obedeciendo a sus propias leyes internas–, sin que se les espere o evoque, aparecen de súbito y envuelven la atmósfera que nos rodea. De pronto cabalgan con el rostro encapuchado y lanzan voces apenas audibles, que al instante reconocemos.
Su honda relación está dada, en ocasiones, por su recurrencia, por su apagada insistencia como llovizna terca; incluso por su poca repetible presencia: en sus marcadas ausencias se evidencia, paradójicamente, el que sigan vigentes. Pueden darse una vuelta por estos días durante temporadas enteras, o, como si de una estrella fugaz se tratase, a ratos son un raudo escozor que aletea cerca de la nariz. De este modo resulta imposible atraparlos al vuelo, y lo único que resta es reconfortarse con su velocísima destinación.
Algunos de esos aromas se asocian con escenarios que se quedaron en el tiempo, que no alcanzaron a treparse a ese carrusel que avanza y no se detiene y que sólo carga con lo que halla a su paso. Y las imágenes de esos escenarios se suceden cual película vista una y otra vez y no por eso no se disfruta: se acciona, entonces, una trampa de remembranzas cuyo objetivo no es capturar una presa, sino, al contrario, acicatearla para que ésta pueda ver aquello que pasó en otras circunstancias y bajo su propia mirada.
Su estrecha vinculación a nosotros no tiene que ver, como fácilmente podría pensarse, con las añoranzas o el deseo insano de echar atrás lo ya transcurrido: es sabido que la irreversibilidad del tiempo es una cualidad que no puede revertirse aún con toda la carga de emotividad que se le pueda imprimir a la evocación, más bien acelera su paso y acaba por desbandarse en todas direcciones. Los aromas más cercanos, si así se les puede llamar, están destinados a morir sólo cuando recordar se convierta en un hábito tan vetusto que ya nadie lo practique.

“En los bosques de mi antigua casa / oigo el jazz de los muertos. / Arde en las pailas ese momento de café / donde todo se muda. / (…) Cae luz entre las piedras y se dobla / la sombra de mi vida en un reposo táctil. / (…) Cuando recorra todo llamaré ya sin nadie. / Los muertos andan bajo tierra a caballo.”
Eugenio Montejo, “En los bosques de mi antigua casa” en Élegos

Imagen: www.culturapollensa.com

No hay comentarios: