miércoles, 18 de marzo de 2009

Mi tiempo


El tiempo ha sido uno de los grandes temas que se ha discutido a través de los siglos: muchos se han devanado no sólo los sesos, sino que se les han acabado las palabras intentando definirlo. Y no pretendo aquí filosofar ni lanzar sentencias demagógicas al respecto, sino abordar someramente uno de esos pequeños instrumentos de los que nos valemos para estar, día y noche, “sujetos” a su indetenible transcurrir: mediante este artefacto somos conscientes rehenes de “eso que llamamos tiempo”.
El reloj, “ese pequeño infierno que llevamos atado a las manos”, como lo llamara Cortázar hace mucho tiempo –quizá me equivoque, no recuerdo las palabras exactas–, es a menudo una herramienta que nos salva de consecuencias indecibles y que, al mismo tiempo, nos condena a otras, quizá en igual número y de semejantes proporciones, sólo que a la inversa.
Un reloj puede significar, entre otras cosas, la disposición manifiesta a llevar siempre un norte: es una especie de brújula en la trasiega de los días, una estrella que aparece apenas abrimos los ojos cuando despertamos. Su presencia está signada por la certidumbre: su simple visión proporciona certezas, no importa si éstas nos son favorables o quedan allí como instantes que al final detestamos.
En la selva de las calles, el reloj hace las veces de mapa: es posible salir de esa jungla si se cuenta con uno que, valga decirlo, no se atrase o se detenga; si eso llegase a ocurrir entonces se estará condenado a una permanencia eterna en la imposibilidad de pasar de un segundo a otro, un acto tan vulgar que nunca consideramos en su globalidad.
Mi primer reloj, lo recuerdo bien, me lo obsequió mi abuelo cuando cursaba la secundaria: era negro, de plástico, con una carátula enorme. Recuerdo aquel gesto del abuelo cuando me lo vio puesto en una ocasión –me lo abroché apenas lo vi venir hacia mí–: le agradecí el regalo sabiendo, por dentro, que jamás lo llevaría, porque en aquel tiempo no me gustaban, me parecían un exceso ligado a la incomodidad, y porque ése, en particular, se me antojaba más que un objeto de uso cotidiano un tesoro destinado al baúl de la memoria. Y allí está.

“Mi padre regresa y duerme; / se halla en ese límite de blanco / y de negro que me levanta / y me hunde. Me palpa / con su mano en el sueño… Sabe lo que fui, / lo que seré (lo olvida al despertar). / Sus ojos hundidos yacen /en el pozo profundo donde he sido procreado. / Mi padre regresará para nombrarme; / ahora duerme lejano”
Eugenio Montejo, “Mi padre regresa y duerme” en Élegos

Imagen: www.danielcasado.com

No hay comentarios: