viernes, 13 de marzo de 2009

De tarde


La tarde corría sin viento. Antes, hacia la línea vertical del mediodía, hubo una hora en que las lágrimas trazaron los momentos, en que trocamos la vida por soledad. De ello, hoy quedan sólo rastros imposibles de atrapar.
La tarde corría desbocada a ratos, con un estandarte oscuro que iba delineando lo por-venir. En ese irse hacia todos y ningún lado, acabó por descollar sin otra pretensión que abrir un tiempo para la espera.
El estatismo que reinaba infligía latigazos insomnes a la piel. Era tarde, la tarde ya era tarde. Ya era tarde para lo que quedaba pendiente: todo aquello que se pospone y que, sin remedio, carece de una posibilidad mínima de concretarse.
Y es que el tiempo parecía haber muerto: no había hora, ni señalada ni vivida, ni ninguna en que tuviera cabida todo lo que, ahogado, bregaba por dispararse garganta afuera.
La mujer se quedó allí, muda, en esa tarde sin tiempo, en esa tarde en que se había detenido todo: incluso los rostros llorosos se quedaron colgados, allá arriba, en la azotea de todas las casas.
La mujer bajó a aquel lugar, ennegrecido, llevando una flor en el pecho, que se abría y cerraba a cada estallido. Quería decir algo; sus labios, sin embargo, no se abrieron, florecían intactos.
Su voz se había quedado en otro lado: olvidó traerla, y nosotros no recordamos cargarla a este lugar. Los murmullos, todos los murmullos, llegaban de las cuatro direcciones en que está dividido el mundo.

“Dura menos un pájaro / que un pez fuera del agua, / casi no tiene tiempo de nacer, / da unas vueltas al sol y se borra / entre las sombras de las horas / hasta que sus huesos en el polvo / se mezclan con el viento, / y sin embargo, cuando parte / siempre deja la tierra más clara.”
Eugenio Montejo, “Dura menos un hombre que una vela”

Imagen: www.ojodigital.com

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