martes, 24 de marzo de 2009

Con fascinación incluso


Se dice que en México nos burlamos de la muerte –son incontables los que lo pregonan orgullosos, con un semblante pletórico de identidad, con una palabrería de envalentonados–. Que el 2 de noviembre, más que ser un día de duelo y pesar nacional, es motivo para el jolgorio, para recordar a los que ya se han ido con una actitud de dispendiosa emoción. Sin embargo, en el fondo, de este lado del mundo la muerte no pierde nunca su aire devastador: hay quienes dicen no temerle, quizá haya verdad en ello, y más si se considera que el no temor no es necesariamente lo contrario, es decir, desear morirse. Puede no temérsele, pero lo que no se puede es fingir el festejo de un acto que, viéndolo bien, supone siempre una honda tristeza y un caudal de sentimientos que tienden a la dolorosa melancolía, no del que muere por supuesto, sino del que queda. Porque en el fondo de esa alegoría yace, matizada por un rictus de disfrute, un desaliento mayor.
El misterio de la muerte y su máscara de todos los días no tienen acercamientos de continuo: puede imaginarse que en ese último tramo (de la vida a su final) se abre un abismo, del que nos separa no obstante un solo paso: darlo, hacer el movimiento del cuerpo necesario para ese paso, supone un acto de abandono, de dejarse ir hacia delante, de avanzar en una especie de ruta que lleva al retroceso, a lo primigenio, a las primeras querencias y últimas sensaciones. Muchos hablan de que en ese instante la película de la vida se sucede veloz y luminosa. Otros, que allí anida el arrepentimiento o la maravilla de contemplarse sin atavismos ni dobleces: el equilibrio entre estas dos variantes se acomoda según los rastros de los años y las arrugas en la piel.
La muerte es un misterio, y como tal detona otros tantos que develarlos nos llevaría algunas vidas subsecuentemente vividas: entonces, fanfarronear con un aire de valiente, yendo por el mundo diciendo que la muerte aquí “le hace lo que el viento a (la estatua de) Juárez”, acaba siendo una actitud que por descabellada es, al mismo tiempo, irrisoria, vetusta, carente de un sustento enraizado en lo verídico.
Esa tradición antiquísima –que se preserva en numerosos lugares de nuestro país– que tiene lugar el 2 de noviembre, persigue hacer un homenaje a ese misterio tan insoslayable e invencible que es la muerte; que no burlarse de ella. Sí, en su más clara esencia, busca acercarnos a la muerte como se acerca un niño a la mascota familiar cuando recién descubre el mundo: con cautela, con los ojos bien abiertos, con fascinación incluso.

“Por todos los astros lleva el sueño / pero sólo en la tierra despertamos. / […] Ni con la muerte dejaría / que mis cenizas salgan de sus campos. / La tierra es el único planeta / que prefiere los hombres a los ángeles. / Más que el silencio de la tumba / temo la hora de resurrección: / demasiado terrible / es despertar mañana en otra parte”
Eugenio Montejo, “Sólo la tierra”

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

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