
Nunca he sido adicto a los rompecabezas. La sola idea de ir separando piezas para después darle forma a una imagen que, de entrada, no es más que una nebulosa figura, supone la paciencia y el proceder metódico del que se valen los investigadores para crear un nuevo medicamento (no estoy igualando cometidos, sino afanes): un rompecabezas tiene la facultad de ponernos de cabeza, de rompérnosla prácticamente, de triturarla una y otra vez y desvencijar toda voluntad, creativa o de empuje.
Los rompecabezas fueron ideados, lo supongo, para animar la inventiva y la destreza de unir lo que, a primera vista, se ve como inconexo; y en una segunda mirada, aquello que antepone un esfuerzo para poder vislumbrar lo que se presenta desbalagado e informe: imaginar la figura oculta da para la creación de objetos nunca antes vistos y visiones de suyo futuristas. Los rompecabezas, entonces, cumplen una doble función, sin que eso sea precisamente su fin: dotar de imaginación al más rudo retrasado y pagar esa apuesta que se hace cuando pensar lleva a deducciones y párrafos conclusivos.
Cuando, trabajo concienzudo de por medio, ya se va oteando la figura, cuando se va dando forma a lo informal, encontrando belleza a lo plano, imprimiendo color a una superficie pálida, se trata de acciones que suponen la posesión de una capacidad creadora e indestructible; en esa soledad, en esa sorda batalla frente a las piezas, volver a empezar se convierte en una constante. Ahí radica la voracidad de los rompecabezas: en sus posibilidades de armado y desarmado, y entre estas dos acciones media un maltrecho cuerpo que genera salidas, trampas, entradas falsas, muros, senderos sellados, pozos disfrazados. Todo es mentira, ni más ni menos.
Los rompecabezas son como los días: al final, en su hora última, dan la sensación de que todo estaba hecho y, sin embargo, se tuvo que bregar durante horas para aquilatar con sobrada resignación los intentos de armado y los yerros que hicieron volver una y otra vez: la indefensión, la desorientación, y el ensayo y error confluyen en el destanteo que incuba otros errores, en ocasiones más costosos que los primeros. Quizá por eso no soy adicto a los rompecabezas –sí a los laberintos: guardan semejanzas, aunque distan mucho de ser iguales–; debiera decir, sin embargo, que más que no ser asiduo a ellos, los he relegado desde hace tiempo a un olvido cuya vuelta atrás considero improbable. Lo único que hoy armo, son palabras.
“La vida vale más que la vida, sólo eso cuenta. / Nadie nos preguntó para nacer, ¿qué sabían nuestros padres? ¿Los suyos qué supieron? / Ningún dolor les ahorró sombra y sin embargo / se mezclaron al tiempo terrestre. / Los árboles saben menos que nosotros, / y aún no se vuelven. / La tierra va más sola ahora sin dioses / pero nunca blasfema. / Mira setiembre cómo te abre el bosque / y sobrepasa tu deseo. / Abre tus manos, llénalas con estas lentas hojas, / no dejes que una sola se te pierda”
Eugenio Montejo, “Setiembre”
Imagen: www.bdp.org.ar
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