
Recién me había convencido de que no podía estar en otro lugar mejor. En los primeros días no dejaba de preguntarme cómo es que había ido a parar al patio. En realidad, el proceder de un pájaro no es una cuestión de la que se sepa mucho. Incluso, encontrar información al respecto resulta una tarea con aires titánicos. Un pájaro entre miles había venido a montar su nido en el bóiler de mi departamento. En la parte superior: justo debajo del techo. Su presencia había pasado de ser inquietante a saberlo como una sensación cálida, cercana.
A menudo, cuando asomaba al patio por alguna cuestión trivial, estaba allí: señorial en su nido, mirándome de reojo, con una actitud inquisitiva, casi podría decirse que de temor. Un pájaro que no se tiene en una jaula no puede considerarse una mascota propiamente, sin embargo, la presencia de éste, dueño ya de mi reducido patio, no dejaba de producirme un extraño sentido de pertenencia. Únicamente nos pertenece, se dice, aquello que está ligado a nosotros por medio de la querencia. Y había empezado a considerarlo.
Volar es un misterio. Una imposibilidad humana. Una remota certeza. Mi inquilino sabía hacerlo, y con tal desparpajo que me dejaba atónito cuando desde la ventana de uno de los cuartos lo miraba perderse en aquel mundo de tinacos y nubes bajas. Sin titubeo alguno se asomaba al precipicio y emprendía un peregrinaje que culminaba, las más de las veces, con un regreso trayendo algo en el pico: una pequeña rama, un pedazo de hoja, incluso restos de comida. Volar es, también, un medio para aprehender la vida y alimentarse de ella.
El mejor lugar del mundo para ese pájaro, de un modo extraño, había sido mi departamento. Lo eligió siguiendo quién sabe qué corazonada. El asunto es que en un día de esta semana salí al patio y no lo vi en su nido. Pensé que en un rato más volvería. Pasado algún tiempo regresé. No estaba. En el momento de dejar el patio con un movimiento brusco del pie tiré un trapeador: en el suelo estaba el pájaro. Llevaba ya días muerto. Su cabeza había desaparecido: una columna de hormigas cuyo rastro se perdía en la ventana del patio del departamento contiguo la llevaba en minúsculos pedazos. El nido sigue ahí, encima del bóiler, a medio hacer.
“¿Y quién entre las sombras de una calle desierta, / en el muro, lívido espejo de soledad, / no se ha visto pasar o venir a su encuentro / y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal? / El miedo de no ser sino un cuerpo vacío / que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar, / y la angustia de verse fuera de sí, viviendo, / y la duda de ser o no ser realidad”
Xavier Villaurrutia, “Nocturno miedo” en Nostalgia de la muerte
A menudo, cuando asomaba al patio por alguna cuestión trivial, estaba allí: señorial en su nido, mirándome de reojo, con una actitud inquisitiva, casi podría decirse que de temor. Un pájaro que no se tiene en una jaula no puede considerarse una mascota propiamente, sin embargo, la presencia de éste, dueño ya de mi reducido patio, no dejaba de producirme un extraño sentido de pertenencia. Únicamente nos pertenece, se dice, aquello que está ligado a nosotros por medio de la querencia. Y había empezado a considerarlo.
Volar es un misterio. Una imposibilidad humana. Una remota certeza. Mi inquilino sabía hacerlo, y con tal desparpajo que me dejaba atónito cuando desde la ventana de uno de los cuartos lo miraba perderse en aquel mundo de tinacos y nubes bajas. Sin titubeo alguno se asomaba al precipicio y emprendía un peregrinaje que culminaba, las más de las veces, con un regreso trayendo algo en el pico: una pequeña rama, un pedazo de hoja, incluso restos de comida. Volar es, también, un medio para aprehender la vida y alimentarse de ella.
El mejor lugar del mundo para ese pájaro, de un modo extraño, había sido mi departamento. Lo eligió siguiendo quién sabe qué corazonada. El asunto es que en un día de esta semana salí al patio y no lo vi en su nido. Pensé que en un rato más volvería. Pasado algún tiempo regresé. No estaba. En el momento de dejar el patio con un movimiento brusco del pie tiré un trapeador: en el suelo estaba el pájaro. Llevaba ya días muerto. Su cabeza había desaparecido: una columna de hormigas cuyo rastro se perdía en la ventana del patio del departamento contiguo la llevaba en minúsculos pedazos. El nido sigue ahí, encima del bóiler, a medio hacer.
“¿Y quién entre las sombras de una calle desierta, / en el muro, lívido espejo de soledad, / no se ha visto pasar o venir a su encuentro / y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal? / El miedo de no ser sino un cuerpo vacío / que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar, / y la angustia de verse fuera de sí, viviendo, / y la duda de ser o no ser realidad”
Xavier Villaurrutia, “Nocturno miedo” en Nostalgia de la muerte
Imagen: wnfeliz.wordpress.com
1 comentario:
/Y algo nos dice que morir es despertar/ Buen cuento, un poco plano en cuanto al personaje; sin embargo, esos últimos versos le dieron un sentido total a la historia.
Escribe.
Un beso.
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