
Un arma cala en las manos, quema, paraliza. Llevarla entre las ropas equivale a guarecerse de las miradas ajenas, inquisitivas, invasivas. Empuñarla es como portar un asidero, desplegar un tercer brazo, el pretexto perfecto para soslayar a los semejantes. En Dear Wendy (filme que aquí mal llamaron “Calles peligrosas”) se evidencia el apego de la sociedad estadounidense a las armas. Un grupo de adolescentes-jóvenes integran una especie de sociedad secreta cuya intención primigenia es acallar la violencia con una violencia pacífica: todos portan un arma –a la que bautizan antes– con la condición inquebrantable de no usarla nunca.
El culto a las armas en general es rancio, de raíces hundidas en suelos yermos, inentendible para quienes más bien las rechazamos. Hay quien dice tener una en casa “por si acaso”, “uno nunca sabe cuándo se va a necesitar”. Sin embargo, este escudo de palabrería en el fondo encierra una seducción a la que no pueden sustraerse. Se dice, asimismo, que no se tiene (o se saca) un arma si no se va a usar. Esto quiere decir que, por ejemplo, el hombre del metro capitalino se vio empujado a disparar porque el arma le palpitaba frenéticamente entre la ropa. Es simple, horroroso: había que sacarla…. y disparar.
Alguna vez, por una cuestión que no tiene caso aquí describir, empuñé una. No se trataba de una pistola propiamente, sino de un objeto que entra en la categoría de las armas blancas. Caminaba por una calle oscurecida con un par de amigos: uno de ellos sacó de su bolsillo una manopla, cuyo brillo me maravilló. Se la arrebaté y la calcé en la mano izquierda. Nos acercábamos a una esquina: justo en el momento en que levantaba el brazo para contemplar la manopla bajo la luna pardauna patrulla doblaba la calle….un arma paraliza, quema, destantea, atemoriza.
Que alguien, desequilibrado mental o no, suelte balazos en una estación del metro de cualquier urbe del mundo –llámese Ciudad de México, Osaka o Seattle– convierte la cotidianidad en un escenario esperpéntico. Si algunos, tal como sucedió con el sujeto del viernes pasado, se le echan encima para tratar de controlarlo, el tipo dispara sin ton ni son, atemorizado, por un lado, por la quemazón que le invade la mano y, por el otro, por la reacción ante aquellos que, a su vez, con un miedo atroz encima, intentan desarmarlo y someterlo. Disparar se convierte, entonces, en una acción lógica aunque no menos despiadada.
“Ni tu silencio duro cristal de dura roca, / ni el frío de la mano que me tiendes, / ni tus palabras secas, sin tiempo ni color, / ni mi nombre, ni siquiera mi nombre / que dictas como cifra desnuda de sentido; / ni la herida profunda, ni la sangre / que mana de sus labios, palpitante, / ni la distancia cada vez más fría / sábana nieve de hospital invierno / tendida entre los dos como la duda; / nada, nada podrá ser más amargo / que el mar que llevo dentro, solo y ciego….”
El culto a las armas en general es rancio, de raíces hundidas en suelos yermos, inentendible para quienes más bien las rechazamos. Hay quien dice tener una en casa “por si acaso”, “uno nunca sabe cuándo se va a necesitar”. Sin embargo, este escudo de palabrería en el fondo encierra una seducción a la que no pueden sustraerse. Se dice, asimismo, que no se tiene (o se saca) un arma si no se va a usar. Esto quiere decir que, por ejemplo, el hombre del metro capitalino se vio empujado a disparar porque el arma le palpitaba frenéticamente entre la ropa. Es simple, horroroso: había que sacarla…. y disparar.
Alguna vez, por una cuestión que no tiene caso aquí describir, empuñé una. No se trataba de una pistola propiamente, sino de un objeto que entra en la categoría de las armas blancas. Caminaba por una calle oscurecida con un par de amigos: uno de ellos sacó de su bolsillo una manopla, cuyo brillo me maravilló. Se la arrebaté y la calcé en la mano izquierda. Nos acercábamos a una esquina: justo en el momento en que levantaba el brazo para contemplar la manopla bajo la luna pardauna patrulla doblaba la calle….un arma paraliza, quema, destantea, atemoriza.
Que alguien, desequilibrado mental o no, suelte balazos en una estación del metro de cualquier urbe del mundo –llámese Ciudad de México, Osaka o Seattle– convierte la cotidianidad en un escenario esperpéntico. Si algunos, tal como sucedió con el sujeto del viernes pasado, se le echan encima para tratar de controlarlo, el tipo dispara sin ton ni son, atemorizado, por un lado, por la quemazón que le invade la mano y, por el otro, por la reacción ante aquellos que, a su vez, con un miedo atroz encima, intentan desarmarlo y someterlo. Disparar se convierte, entonces, en una acción lógica aunque no menos despiadada.
“Ni tu silencio duro cristal de dura roca, / ni el frío de la mano que me tiendes, / ni tus palabras secas, sin tiempo ni color, / ni mi nombre, ni siquiera mi nombre / que dictas como cifra desnuda de sentido; / ni la herida profunda, ni la sangre / que mana de sus labios, palpitante, / ni la distancia cada vez más fría / sábana nieve de hospital invierno / tendida entre los dos como la duda; / nada, nada podrá ser más amargo / que el mar que llevo dentro, solo y ciego….”
Xavier Villaurrutia, “Nocturno mar” en Nostalgia de la muerte
Imagen: http://www.periodismodepaz.org/
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