miércoles, 23 de septiembre de 2009

Menuda cuestión


No hace mucho tiempo perdí las llaves de mi departamento. En aquella ocasión tuve que recurrir a contratar un cerrajero que abriera, quién sabe por qué artes, indescifrables para un mortal común, aquella puerta empecinada en no abrirse. Al día siguiente encontré esas llaves en la puerta de mi oficina. Traigo a colación esto porque el lunes de esta semana extravié las llaves del auto. Menuda cuestión si se considera lo siguiente: poseo una llave de repuesto, pero ésta se hallaba guardada en mi departamento, y las llaves de éste metidas en el auto. Un laberinto bien trazado y desquiciante, si se mira bien.
La sensación de pérdida es similar al desamparo en medio de una calle céntrica atestada de gente. Los cientos de rostros que desfilan ante los ojos se vuelven uno, cuyos gestos no dicen nada significativo, no desmienten ni afirman nada. La atmósfera se satura de un aire denso, irrespirable casi, que arrincona. El ruido de pasos sí llega a percibirse, mas no se tiene claridad de su dirección, ritmo, arrastre y vigor. Detenerse allí es como ubicarse en el centro del mundo que, no obstante su linealidad y horizontalidad bien determinada, conduce, lleva de la mano a la desorientación.
La memoria, traicionera desde siempre conmigo, se las ingenia para velar ciertos pasajes, precisamente aquellos donde se hallan las cosas extraviadas, perdidas sin remedio, dejadas en el camino, las puestas en un sitio y encontradas –si se tiene esa fortuna– en otro. Recorrer ese sendero conlleva, entre otras cosas, una manera de recuperarse a sí mismo: en el fondo, la desmemoria constituye un extravío de sí, un modo de no reconocerse momentánea o permanentemente.
Encontrar las llaves perdidas, la otra cara de la moneda, es como dar una inesperada vuelta de tuerca a la memoria, dejarla de cabeza y delirante, y sin embargo es algo que puede no resultar del todo satisfactorio: el hallazgo podría ser producto de una coincidencia, de ver concretada una posibilidad no contemplada jamás, de revolver y voltear todo lo que se halla a la mano pero nunca de un razonamiento que, paso a paso, engarzados, como eslabones bien trabados, conduzca al develamiento del tesoro perdido. El asunto del lunes, por ejemplo, se resolvió con la cristalización de una posibilidad jamás imaginada.

“…nada, nada podrá ser más amargo / que el mar que llevo dentro, solo y ciego, / el mar, antiguo Edipo que me recorre a tientas / desde todos los siglos, / cuando mi sangre aún no era mi sangre, / cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo, / cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía. / El mar que sube mudo hasta mis labios, / el mar que me satura / con el mortal veneno que no mata / pues prolonga la vida / y duele más que el dolor”
Xavier Villaurrutia, “Nocturno mar” en Nostalgia de la muerte

Imagen: img.elblogsalmon.com

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