lunes, 21 de septiembre de 2009

El narco


El narcotráfico es un mundo desconocido, secreto, plagado de claves cuyo desciframiento tiene que ver con la muerte o una larga vida, la diferencia es ínfima. Se trata de un mundo cercano el del narco, tanto que se le puede casi oler y, sin embargo, distante, al que no es posible verle el rostro; y si acaso se le llega a vislumbrar éste muta de un momento a otro, se convierte en una masa informe, en un fantasma, en una sensación huidiza, inatrapable. Lo sabemos rondándonos la vida, pisándonos los talones, comprándonos los días, cercándonos la esperanza; lo tenemos al frente, a un lado, detrás, a la vuelta de la mirada que de pronto lo topamos, como se toca pared en un momento dado.
De mano en mano va, de boca en boca es traído al presente, de esquina a esquina vuelto realidad; su sola mención basta para aguzar los ojos, para achicar el corazón, para temer más un día que el anterior. El narcotráfico, ese mundillo tan misterioso como iluminado, ese gajo de los quehaceres mundanos tan vulgares como tantos otros oficios guarda sorpresas y momentos que rayan en lo no creíble, en la desesperanza incluso: el asunto más desventajoso para los que nos mantenemos al margenes su doble filo, su máscara, sus intenciones veladas, su energía vuelta violencia.
La ola de su contaminación alcanza todo rincón, empapa al más guarecido, desnutre sin miramientos; su maquinaria, poderosa, intrincada, avasalladora, hasta hoy inmune a operativos policiacos y militares e intentos de desarme por todas las vías, desenvaina a cada paso una novedosa forma de ganar adeptos o eliminar a aquellos que se obstinan en creer que, como todo gigante, tiene un punto débil, una línea que lo atraviesa y que es posible borrar con el pañuelo adecuado.
El narco es una sociedad secreta, dispersa geográficamente, a la que se ingresa por medio de un código que es transmitido de boca en boca, de muerte en muerte. El narco, sin menoscabo de su milimétrica organización y su cuidada fachada, insomne, pulcra, es un monstruo de mil cabezas que, sin atender a ninguna ley o tradición mitológica, se reproduce tan pronto se le cercena, se multiplica al instante que se le resta alguna parte de su aparato, dislocado, disparatado, durísimo, descomunal.

“…cuando la vida o lo que así llamamos inútilmente / y que no llega sino con un nombre innombrable / se desnuda para saltar al lecho / y ahogarse en el alcohol y quemarse en la nieve / cuando la vi cuando la vid cuando la vida / quiere entregarse cobardemente y a oscuras / sin decirnos siquiera el precio de su nombre
Xavier Villaurrutia, “Nocturno eterno” en Nostalgia de la muerte

Imagen: redliterariadelsureste.blogspot.com

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