jueves, 29 de octubre de 2009

Tararear


A menudo tarareo alguna canción. No soy bueno para cantar ni mucho menos para grabarme canciones completas. Solía serlo, hace mucho. Por eso hoy me limito a tararear. El reducido espacio que queda en la memoria a veces es ocupado por informaciones meramente prácticas: cómo destapar una botella, dónde se guarda el recibo de agua, en qué tramo de la película sucede el asesinato, cuándo hay que pagar las deudas mensuales…. Entre todo ese cúmulo de incolora información asoman las canciones gustadas, que alojamos con la seguridad de que algún día pronto las entonaríamos, no quizá al pie de la letra o con el tono adecuado, pero sí con el corazón por delante.
El tarareo no tiene señas particulares o momentos determinados, y se ha convertido, más que en un pasatiempo en algunos casos, en un antídoto ante el trasiego de las batallas diarias: no hay mejor manera de saborear un café que balanceando alguna canción en los adentros o leyendo un poema de Montejo bajo la luz verde de un árbol sonriente. Hay quien se ha convertido en un experto en esta nueva disciplina: tararear no se limita a medio cantar o medio recitar, sino que es una cuestión que entraña cierta dosis de arrobamiento y abandono.
La radio es una caja mágica sin fecha de caducidad: de ella salen, cuando menos se piensa, canciones que se habían quedado en el camino de los años y que, de algún modo, se las ingenian para alcanzarnos en una edad determinada. Y esas rolas retornan con un vigor que sorprende: la marejada de sensaciones azota de tal manera al cuerpo que uno acaba por saberse levantado en vilo por una canción vieja, pasada de moda, cómplice de añejos sentimientos e imágenes perdurables no obstante el deterioro propio del transcurso del tiempo. No hay canción, siempre añorada, que llegue a destiempo; más aún, no hay canción que el radio no traiga.
Las rolas que uno intenta cantar a ratos llevan una pequeñísima marca indeleble: las hacemos nuestras a pesar de todo y de todos. Si se trata, tal vez, de la canción de moda, encontrará opositores iracundos que prohiben entonar lo que todos escuchan: nada hay más detestable que formar parte de la borregada. Si, por el contrario, es una canción no muy conocida, incluso de un intérprete de un país remoto, o producto de circunstancias particulares, como una guerra o regímenes políticos adversos y duros, entonces inclinarse por ese tipo de música granjeará al melómano una simpatía no muy común e imperecedera.

“Asistir a los cursos de antropología, llorando. / Festejar los cumpleaños, llorando. / Atravesar el África, llorando. / Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… / si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos / no dejan nunca de llorar. / Llorarlo todo, pero llorarlo bien. / Llorarlo con la nariz, con las rodillas. / Llorarlo por el ombligo, por la boca. / Llorar de amor, de hastío, de alegría. / Llorar de frac, de flato, de flacura. / Llorar improvisando, de memoria. / ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!”
Oliverio Girondo, “Llorar a lágrima viva”

Imagen: servicios.laverdad.es

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