
El centro de Guanatos siempre sabe a café de la flor, a empanadas que se postergan al tiempo de cuaresma, a fuentes vistosas pero malolientes, a semáforos que siempre tardan en cambiar del rojo al verde, a un sol que llega a cuenta gotas, por entre rendijas y edificios, por entre ventanillas de camiones y toldos viejos y empolvados; sabe a ese olor peculiar y popular de las donitas, a campanadas y voces y gritos y murmullos y extraños silencios, a grupos de palomas que se empecinan en recorrer el suelo mientras los chamacos se esfuerzan en querer alcanzarlas antes de que emprendan el vuelo. En su ímpetu desbordado los niños quieren hacerles saber que su lugar está en el aire, no aquí, pecho a tierra; eso que nos lo dejen a nosotros.
En el centro es posible encontrar lo mejor y lo peor del mundo, por sus calles cerradas, abiertas, andadores y pasajes se aquilata todavía la moneda de la convivencia, del desconocimiento primigenio e incluso del extrañamiento radical: no hay sitio mejor para conocer a los paisanos que la calle, allí se les encuentra en su tinta, sin envoltorios, sin dobles poses o intereses encubiertos; por sus aceras y plazas transitan toda clase de personas que a ratos bien puede pensarse que se trata de una ciudad inventada y nunca plausible, aunque en esa distancia que se abre entre uno y otro tenga lugar el arraigo urbano, corra la savia cosmopolita.
Guanatos es su centro, ahí radica su signo identitario por antonomasia: el reconocimiento de sí mismo pasa por los adentros y por lo ajeno, por la revisión metódica de lo que se ha sido y deaquello que no sé es, e incluso de lo que se está convencido no se llegará a ser. Las señales más significativas de esa asimilación están enraizadas en el aire cercano, familiar, asequible que es posible respirar en el ambiente de Guanatos: si el emparentamiento del hombre con la ciudad no saca buenas cuentas después de ese encuentro la brújula indicará entonces un norte que no será posible ubicar en ningún material cartográfico que se consulte.
El centro de la ciudad es el punto de reunión, sobre el cual gira el universo metropolitano: todo confluye hacia él, y todo en él adquiere sentido, su fuerza de gravedad atrae hacia sí lo que pulula en los alrededores, lo que nace y se reproduce en las afueras de su circunferencia y que, sin embargo, sólo en su contacto adquiere verdadera vida. El centro ha llegado a convertirse en una tierra nuestra, en un “campo-nuestro”: donde únicamente se sobrevive merced a un mimetismo que llevea fundir para sí hasta el más leve latido.
“(…) Cuando voy a sentarme / advierto que mi cuerpo / se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse / adonde yo me siento. // Y en el preciso instante / de entrar en una casa, / descubro que ya estaba / antes de haber llegado. // Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, / y que mientras me rieguen de lugares comunes / ya me encuentre en la tumba, / vestido de esqueleto, / bostezando los tópicos y los llantos fingidos”
Oliverio Girondo, “Dicotomía incruenta”
En el centro es posible encontrar lo mejor y lo peor del mundo, por sus calles cerradas, abiertas, andadores y pasajes se aquilata todavía la moneda de la convivencia, del desconocimiento primigenio e incluso del extrañamiento radical: no hay sitio mejor para conocer a los paisanos que la calle, allí se les encuentra en su tinta, sin envoltorios, sin dobles poses o intereses encubiertos; por sus aceras y plazas transitan toda clase de personas que a ratos bien puede pensarse que se trata de una ciudad inventada y nunca plausible, aunque en esa distancia que se abre entre uno y otro tenga lugar el arraigo urbano, corra la savia cosmopolita.
Guanatos es su centro, ahí radica su signo identitario por antonomasia: el reconocimiento de sí mismo pasa por los adentros y por lo ajeno, por la revisión metódica de lo que se ha sido y deaquello que no sé es, e incluso de lo que se está convencido no se llegará a ser. Las señales más significativas de esa asimilación están enraizadas en el aire cercano, familiar, asequible que es posible respirar en el ambiente de Guanatos: si el emparentamiento del hombre con la ciudad no saca buenas cuentas después de ese encuentro la brújula indicará entonces un norte que no será posible ubicar en ningún material cartográfico que se consulte.
El centro de la ciudad es el punto de reunión, sobre el cual gira el universo metropolitano: todo confluye hacia él, y todo en él adquiere sentido, su fuerza de gravedad atrae hacia sí lo que pulula en los alrededores, lo que nace y se reproduce en las afueras de su circunferencia y que, sin embargo, sólo en su contacto adquiere verdadera vida. El centro ha llegado a convertirse en una tierra nuestra, en un “campo-nuestro”: donde únicamente se sobrevive merced a un mimetismo que llevea fundir para sí hasta el más leve latido.
“(…) Cuando voy a sentarme / advierto que mi cuerpo / se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse / adonde yo me siento. // Y en el preciso instante / de entrar en una casa, / descubro que ya estaba / antes de haber llegado. // Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, / y que mientras me rieguen de lugares comunes / ya me encuentre en la tumba, / vestido de esqueleto, / bostezando los tópicos y los llantos fingidos”
Oliverio Girondo, “Dicotomía incruenta”
Imagen: http://www.flickr.com/
No hay comentarios:
Publicar un comentario