viernes, 2 de octubre de 2009

Zapateados


Hace dos años más o menos, en plena conferencia de prensa, un periodista iraquí le lanzó sus dos zapatos al presidente Bush durante una visita de éste a la capital de ese país. Hace dos días, un estudiante le lanzó un zapato tenis al director del Fondo Monetario Internacional, durante una conferencia en una universidad de Estambul.Una manera de hacer evidente el oprobio (en Iraq es así desde antaño) es arrojar, con marcada rabia y desencanto, el calzado al individuogenerador de un odio vergonzante, llámese como se llame, sea dignatario o no.
Ninguno de estos dos sujetos –y no por mala puntería– pudo dar en el blanco: al esquivar el objeto los atacados creyeron eludir también, con risa burlona de por medio, el enojo y el descontento que provocan.Si se mira bien se trata de dos personajes que en su desempeño público se han ganado la desaprobación y descalificación general: para una figura pública no hay mayor evidencia de su fracaso que una ofensa dada cara a cara por aquellos que tendrían que ser beneficiados con su gestión en lugar de terminar, si no perjudicados, por lo menos relegados.
Descalzarse entonces se ha convertido en una forma de materializar la rabia y la desesperanza; pero no se trata únicamente de quedarse ahí, pasmados, virulentos, sin zapatos, sino de hacer llegar esa desilusión a quien de algún modo desencadena ese sentimiento ingrato. El periodista iraquí y el estudiante turco por sus llamativas acciones, de la noche a la mañana, se convirtieron en abanderados de tantos que han querido, en lo profundo de sus adentros, hacer lo que ellos: puede pensarse que se trató de un arranque en ambos casos, sin embargo, el coraje y tal vez el odio fueron los resortes de tan vistosos hechos. Y es que no hay mayor rabia destructora que aquella que se encona y no se escupe.
¿Quién no le ha arrojado a alguien un zapatazo, o propinado un bolsazo, o puesto un coscorrón o sape por sentirse agraviado, molestado o cuando menos ignorado? La reacción primera suele ser echársele encima: no hay mejor defensa que el ataque, reza un viejo adagio militar que se aplica comúnmente en el futbol. Si la defensa de los intereses que nos afectan no llegan por la vía adecuada, entonces de algún modo hay que manotear, alzar la voz para ser escuchados. Lanzar un zapato es una manera bastante práctica para mostrar rechazo y desaprobar lo hecho. Descalzarse simboliza asimismo deshacerse de un lastre interior que impide llevar la cotidianidad más o menos en paz.

“Cuanto más te repito y te repito / quisiera repetirte al infinito. / Nunca permitas, campo, que se agote / nuestra sed de horizonte y de galope. / (…)Aquí mi soledad. Esta mi mano. / Dondequieras que vayas te acompaño. / (…)Tu soledad, tu soledad… ¡la mía! / Un sorbo tras el otro, noche y día, / como si fuera, campo, mate amargo. / A veces soledad, otras silencio, / pero ante todo, campo: padre-nuestro”
Oliverio Girondo, “Campo nuestro”

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