
Una ciudad es tan inescrutable como puede ser transparente a un mismo tiempo. Oscura. Blanca. Abrupta. Delicada. En esa capacidad dual se inscribe Guadalajara, esta ciudad de la que a veces renegamos y siempre echamos de menos. En su aire contaminado, aunque azul si se mira bien, flotan todos esos días en que reconocerla ha constituido un asidero ante tanto azoro, esperanza frente a tanto dolor imprevisto, bálsamo ante tanta euforia que salta en un momento inesperado. Y sin embargo es huidiza, asequible, cercana, emocionalmente remota.
Guanatos, a simple vista, puede parecer un amasijo de calles y edificios, un lugar cuyo crecimiento en los últimos años se ha vuelto incontrolable, disparado en las cuatro direcciones que lleva el viento. El reconocimiento de este sitio pasa por los lugares conocidos, por los lugares que día tras día se descubren, o se redescubren, por todas esas señales que la hacen distinguible y diferente de otras urbes. En sus rincones y sitios más visibles se halla contenida una identificación que corre por la sangre, que se lleva y se trae, que se guarda y se saca al sol con el menor pretexto: querencias, recuerdos, razones, dolores, añoranzas, silencios, palabras.
Más allá de ese escenario urbanístico que recorremos a diario y que presenta alteraciones superficiales mas no cambia sustancialmente, esta ciudad desempolva todos sus mecanismos de abrigo y nos da cabida pese a la avalancha que amenaza con deformarla para siempre: no importa cuántas veces salgamos y volvamos a ella, no importa cuánto discutamos acerca de su afeamiento o composturas necesarias, su sed por nosotros, o viceversa, no caduca ni pide requisitos de lealtad, va implícita en el carné de identidad: todo ello viene incluido al haber nacido aquí.
En Guadalajara, y perdonéseme si peco de localista y folclórico, inicia y termina el mundo: aquí vivo, aquí trabajo, aquí leo, aquí respiro, aquí nací, aquí sobrevivo, aquí camino, aquí conozco, aquí sé, aquí invento, aquí crecí, aquí descubro, aquí razono, aquí mis querencias, aquí mis (reducidos) amigos, aquí escribo, aquí oigo, aquí veo, aquí ayudo, aquí sufro, aquí muero poco a poco, aquí me elevo, aquí transformo, aquí sigo, aquí siento, aquí traslado, aquí guardo, aquí.... es aquí.
“Yo no voy a morir de enfermedad / ni de vejez, de angustia o de cansancio. / Voy a morir de amor, voy a entregarme / al más hondo regazo. / Yo no tendré vergüenza de estas manos vacías / ni de esta celda hermética que se llama Rosario. / En los labios del viento he de llamarme / árbol de muchos pájaros”
Rosario Castellanos, “Dos poemas –2” en De la vigilia estéril
Guanatos, a simple vista, puede parecer un amasijo de calles y edificios, un lugar cuyo crecimiento en los últimos años se ha vuelto incontrolable, disparado en las cuatro direcciones que lleva el viento. El reconocimiento de este sitio pasa por los lugares conocidos, por los lugares que día tras día se descubren, o se redescubren, por todas esas señales que la hacen distinguible y diferente de otras urbes. En sus rincones y sitios más visibles se halla contenida una identificación que corre por la sangre, que se lleva y se trae, que se guarda y se saca al sol con el menor pretexto: querencias, recuerdos, razones, dolores, añoranzas, silencios, palabras.
Más allá de ese escenario urbanístico que recorremos a diario y que presenta alteraciones superficiales mas no cambia sustancialmente, esta ciudad desempolva todos sus mecanismos de abrigo y nos da cabida pese a la avalancha que amenaza con deformarla para siempre: no importa cuántas veces salgamos y volvamos a ella, no importa cuánto discutamos acerca de su afeamiento o composturas necesarias, su sed por nosotros, o viceversa, no caduca ni pide requisitos de lealtad, va implícita en el carné de identidad: todo ello viene incluido al haber nacido aquí.
En Guadalajara, y perdonéseme si peco de localista y folclórico, inicia y termina el mundo: aquí vivo, aquí trabajo, aquí leo, aquí respiro, aquí nací, aquí sobrevivo, aquí camino, aquí conozco, aquí sé, aquí invento, aquí crecí, aquí descubro, aquí razono, aquí mis querencias, aquí mis (reducidos) amigos, aquí escribo, aquí oigo, aquí veo, aquí ayudo, aquí sufro, aquí muero poco a poco, aquí me elevo, aquí transformo, aquí sigo, aquí siento, aquí traslado, aquí guardo, aquí.... es aquí.
“Yo no voy a morir de enfermedad / ni de vejez, de angustia o de cansancio. / Voy a morir de amor, voy a entregarme / al más hondo regazo. / Yo no tendré vergüenza de estas manos vacías / ni de esta celda hermética que se llama Rosario. / En los labios del viento he de llamarme / árbol de muchos pájaros”
Rosario Castellanos, “Dos poemas –2” en De la vigilia estéril
Imagen: http://www.travelbymexico.com/
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