lunes, 3 de agosto de 2009

Regresa la Rendidora


La Rendidora Sabelotodo regresó. En un poste de una calle cualquiera apareció de pronto, como surgido del pasado, su nombre: figuraba en el cartel del programa estelar de la arena que la vio debutar hace ya algunos años. Con el paso del tiempo había pasado de ser una retadora de más o menos aguante a convertirse en una peleadora de respeto, ciñéndose cinturones de todas las asociaciones de lucha, ganándose el apoyo de miles de fanáticos, hasta que, de pronto, desapareció del círculo luchístico nacional hasta ahora.
En el cartel se anunciaba la pelea de la Rendidora contra el Patético, una lucha nunca antes vista en los encordados: una ruda toda hecha de mañas se enfrentaría a un luchador que no era ni técnico ni rudo, sino solamente un enmascarado que aún no se había decidido por el bando en que iba a pelear. El duelo, de entrada, sonaba atrayente. Sin perder tiempo me dirigí a las taquillas a comprar una entrada: sólo quedan asientos en el solar, me dijo la vendedora. No importa, dije, déme un boleto.
La noche de martes en la arena no se podía ni caminar por los pasillos, al parecer, pensé, la Rendidora no ha perdido vigencia entre sus miles de seguidores. Sin embargo, lo constaté en cuanto inició el primer combate, la gente estaba entusiasmada por la aparición del Patético, un luchador que había sorprendido a la audiencia con sus vistosas llaves y lances fuera del cuadrilátero: volaba prácticamente, se decían entre sí los espectadores. Además de sus múltiples victorias en los últimos meses. La Rendidora, por tanto, no la tendría fácil aquella noche, incluso los pronósticos más reservados no le favorecían.
Al fin, tras más de una hora de peleas menores, sin importancia, se anunciaba en el sonido local la lucha estelar: la Rendidora Sabelotodo contra el Patético. El alarido de la multitud retumbó por toda la arena; por un instante me quedé sordo. Había quienes incluso prácticamente aullaban el nombre del Patético, y los seguidores de la Rendidora, pocos –contándome por supuesto–, muy pocos, permanecían mudos y expectantes, temerosos de lo que se avecinaba. Las luces se apagaron; los reflectores apuntaron hacia donde hacía su entrada el Patético, de movimientos desesperados, con una actitud casi iracunda; un rato después, en el lado opuesto de la arena surgió la figura de la Rendidora, que exhalaba, más que animosidad, un temor largamente acendrado….
(continuará)

“He aquí que la muerte tarda como el olvido. / Nos va invadiendo lenta, poro a poro. / Es inútil correr, precipitarse, / huir hasta inventar nuevos caminos / y también es inútil estar quietos / sin palpitar siquiera para que no nos oiga. / Cada minuto es la saeta en vano / disparada hacia ella, / eficaz al volver contra nosotros. / Inútil aturdirse y convocar a fiesta / pues cuando regresamos, inevitablemente, / alta la noche, al entreabrir la puerta, / la encontramos inmóvil esperándonos”
Rosario Castellanos, “Trayectoria del polvo –VII” en Trayectoria del polvo

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