
No distingo con facilidad a un japonés de un chino, o a éste de un coreano, y de allí a una lista interminable de sujetos asiáticos. Sus rostros son tan semejantes que incluso a sus nombres, que de entrada suenan igual, se les puede diferenciar un poco. Supongo que, como los gallegos respecto a los mexicanos en lo tocante a los chistes que por todos lados se cuentan, los asiáticos tendrán una concepción no tan distinta de nosotros: les hemos de parecer todos iguales, y la imagen que les proyectamos, mera suposición, no es del todo grata.
De lo que quería escribir, más bien, es de lo japonés, que a últimas fechas ha inundado un tanto el panorama de mi existencia por dos flancos principales: literatura y cinematografía. No podría argüir conclusiones, que serían aventuradas totalmente, respecto a la personalidad y tendencias de los japoneses, sin embargo si he logrado percibir ciertos matices que de un modo nebuloso podrían ir trazando un perfil general; ya se sabe que de lo general a lo particular hay un mundo, cuando no dos o tres; esto sin contar que el cine y la literatura no son del todo confiables al momento de pergeñar la realidad. Llanas aproximaciones pues.
Todo comenzó, hace algunos años, con las bombas atómicas y las viejas caricaturas japonesas; pasado el tiempo al ver las películas El libro de cabecera de Peter Greenaway y Lost in traslation de Sofía Coppola; que no aborda propiamente la existencia y cotidianidad del japonés, sino las vidas de dos extranjeros que por casualidad se encuentran a un mismo tiempo en esa isla asiática: su devenir entre los nipones les desnuda un poco su propia alma, el vacío que los embarga. El hilo siguió con la lectura, el año pasado, de "La casa de las bellas durmientes" de Yasunari Kawabata (ya antes había tenido un acercamiento con la literatura japonesa, en la universidad). En el cuento de Kawabata se relata la historia de un hombre viejo que acude a una casa donde pasa la noche con jovencitas: la particularidad es que sólo duerme con ellas, que yacen desnudas en el lecho, narcotizadas; va ahí a dormir únicamente, pues está prohibido tocarlas, incluso despertarlas.
El periplo por el imperio del sol naciente continuó, el año anterior, con los filmes de Kurosawa (Yojimbo el mercenario, Barba Roja, Ikiru-Vivir, Los siete samurais, Dreams; que merecen una reseña aparte), y en estos primeros meses con las lecturas de Kenzaburo Oé, Una cuestión personal y Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima. El mundo japonés, con su pertinaz silencio, cordura, ensimismamiento, orden, pulcritud, me ha resultado atrayente: hay en todos esos rasgos algo que deslumbra, aunque en el fondo se hallan otras manifestaciones: su acendrado mutismo y sometimiento a las reglas y orden los han conducido a ser un pueblo avanzado, que da la impresión sin embargo de ser áspero y melindroso.
“Yo soy, / me llaman, soy, me digo / Isaac Felipe, / nacido en Santo Domingo, / una ciudad en medio del campo, / una vieja ciudad fuera del tiempo, / donde los años antes se medían por cosechas, / y ahora sólo están las campanas de las iglesias / y las golondrinas, / que desclavan la corona de Cristo / cada día, como antes. // Ahí entonces hace mucho / me nació el miedo de ser otra cosa, / que una simple criatura simple, / y me dolía el vivir, como ahora.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Vivíamos cerca del cielo"
Imagen: sepiensa.org.mx
No hay comentarios:
Publicar un comentario