domingo, 13 de junio de 2010

Las abuelas pateabalones


Un buen día despertó, y como el dinosaurio monterrosiano, el futbol seguía estando ahí, reanudándose cada vez, afianzando su destino. De pronto quiso tener un sueño profundo para que, al cabo de muchas horas, al abrir los ojos, ya no estuviera; pero no contaba con que quienes lo practican no necesitan más que un poco de esfuerzo y una pelota que bota de forma interminable. El resultado: seguía culebreando frente a sus ojos, reinventándose, jugándose cada vez con más ahínco; alejando a todos de sus quehaceres más corrientes.
Cuando Galeano habla que él era el más pata de palo que pudo verse en los campitos de su país no hace más que retratar a todos aquellos –aquí me incluyo– que alguna vez, en el duro llano, en la calle empedrada, en el recodo de dos calles, en la acera, a un lado de las líneas del ferrocarril, en la azotea, en el pasillo de una vecindad o edificio de departamentos, frente a una pared en solitario, en un jardín coronado de flores, han jugado este deporte por diversión, competencia o desenfado. El futbol, como todo, no tiene por qué gustarle a todos: y en esa posibilidad se arrincona más de un sueño, crecen más de dos esperanzas.
A los juegos oficiales del siglo xxi, a los partidos y competencias profesionales de futbol les sigue faltando el aderezo que nunca falta en la cascarita: la camaradería a prueba de bala. Sigue estando presente, sin embargo, esa pretensión sobrehumana de semejarse a los héroes alados, intocables, que atraviesan, erguida la estructura vertebral, intactos, los dominios terrenales. La disputa de todo balón cuando no hay altos intereses de por medio ha de hacerse quitándose el sombrero: en la reverencia tiene cabida cualquier drible y anida profundo el gol.
Las abuelas de los Bafana bafana que juegan al futbol en el norte de Sudáfrica son el más claro ejemplo de las palabras de Galeano: no hace falta ser un mago para esconder el balón ante los ojos y piernas de los rivales y hacerlo volar como una paloma rumbo a las redes de la portería; basta con amasar ese fervor que sobrepasa, incluso, el que alguna de ellas necesite de bastón para poder moverse y lo arroje lejos apenas entra a la cancha. Las Vakhengula vakhengula, con faldas, delantales y pañuelos en la cabeza, constituyen la esencia de esa pretensión sobrehumana que, por ejemplo, Leo Messi ejecuta tan a la perfección.

“Por decir algo digo / que un mar lentísimo se aparezca en su sueño / y que un día sin nubes cae en el horizonte / como un gran pez dorado en las redes del tiempo. / El verano es un dios terrible sentado en la montaña / mientras cunde el incendio de la luz, y en vano el agua / saca contra la llama inútiles espadas de diamante. // El viento es otro bañista delirante. / Con un millón de manos frescas atraviesa la hoguera / del cielo, / rapta de ola en ola dulces sirenas distraídas, / se moja de un oscuro adiós ausente en la vela que lejos… / y se aquieta aquí cerca, donde una lenta voz / desde hace cierto tiempo, –me parece–, / repite una canción sin tema.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Reposo a la sombra del almendro”

Imagen: blog.provincias.es

No hay comentarios: