
Cientos de textos se han escrito a partir (o a propósito) del deceso de José de Sousa Saramago, nacido en la década de los años veinte del siglo pasado en una aldea portuguesa de nombre Azinhaga. Así que lo que aquí escriba quizá únicamente repita lo que ya ha sido signado por personajes de la literatura o el periodismo ligados al nobel portugués y, por ende, con más credenciales para referirse a él. Sin embargo, como bien lo recordó Jorge Moch en un artículo publicado el domingo en la Jornada Semanal, a Saramago le gustaba conocer a sus lectores, qué pensaban de sus textos. Y yo, soy uno de ésos. Y como tal, voy a escribir ahora sobre ese José que se preguntaba a menudo “¿Y ahora qué, José?”.
El primer texto que leí de él, lo decía en días pasados en este mismo espacio, fue la novela Todos los nombres, que adquirí allá por el año 99: me hice de ese volumen sin saber siquiera que se trataba de un escritor que un año antes se había embolsado el Nobel de Literatura: el título del texto fue determinante para comprarlo. Esa novela ya alumbra, tal como cita Guillermo Samperio en el periódico citado arriba, los derroteros de la narrativa saramaguiana: “el estilo literario de Saramago es muy peculiar, apegado más a formas musicales que literarias, con una ortografía y una sintaxis fuera de la norma.”
La segunda obra que leí fue El equipaje del viajero, en una edición sencilla, escueta que publicó la Universidad de Guadalajara, y que encontré en una librería de viejo en el centro de la ciudad. Saramago ahí opta, mediante el ejercicio del artículo periodístico, por reseñar cosas comunes, cotidianas, con un fino alumbramiento de lo lírico y una prosa que se apega a las normas comunes y se aleja de su inventiva escriturística. En El equipaje… se desvela un escritor que se maravilla aún de la mañana que le acarrea un sinnúmero de decepciones e incomodidades: en ello no radica la vida, sino en lo profundo que esas vicisitudes le van dejando, parece decir.
Vino enseguida Ensayo sobre la ceguera, y poco después El evangelio según Jesucristo, y más tarde Cuadernos de Lanzarote, y El hombre duplicado y a últimas fechas Viaje a Portugal y El cuento de la isla desconocida. Samperio se refiere a Saramago como “un lusitano indomable”, Antonio Valle lo llama “el gran lagarto verde” de la Lisboa de su adolescencia y juventud. Yo, por mi parte, prefiero llamarlo don Josefo Saramago, con cariño y todo el respeto que me merece: en su obra se le puede encontrar tal como era, un hombre sencillo, presto al socorro de las causas que creía justas, y fiel a la poesía de ese compatriota suyo al que amó en demasía y al cual le escribió una novela: Ricardo Reiss (o mejor, Fernando Pessoa).
“Qué manojo de rosas olvidadas. / Qué tibia y mansa luz / tu cuerpo como un árbol, / como un árbol gritando, / con tanto poro abierto, con tanta sangre / en olas dulces elevándose. / Oh, sagrado torrente del naufragio. / Cómo amaría perderme / y encontrarte.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Itinerario simple de tu ausencia –ch”
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