
De la anterior propuesta de Cuarón –Y tu mamá también– ponderé, más que otro aditamento del filme, la fotografía. El rescate que hizo el director de ese México escondido, que a todos pasa desapercibido y que, sin embargo, al entornar un poco la mirada se le descubre y se le admira. En Rudo y cursi hay algo de ello: ese otro país que todos los días nos empecinamos por olvidar está ahí, con toda la carga de bondades y desventuras que pueda tener. Y no sirve, como fácilmente podría pensarse, de telón de fondo para el filme: su papel es del todo relevante.
Pero esta película no se queda ahí, va un poco más allá: el manejo del lenguaje, que a más de alguno pudiera parecerle grosero y de detestable doble sentido –otra constante en el director, recuérdese si no Y tu mamá también–, en el fondo avientra otra intención, pues no se queda en una palabrería llana y descarnada: así se habla todos los días, llámese el escenario pueblo, calle, oficinas, ciudad, negocios, salones de clases, etcétera. No es más que la perfecta corona luminosa para un modo de ser, para una mal distinguida identidad. De esa llaneza puede hablarse, más que de una disonancia, de un no bien apreciado acierto.
Más allá del que pretexto de la película sea el futbol y las aspiraciones de un hombre de pueblo por convertirse en un cantante de música grupera, a ello subyace otro tipo de esperanza: la de aquellos que no conocen otro horario y otra ruta a seguir que el trabajo cotidiano, cuyos sueños allí comienzan y, también, allí mismo culminan. A ratos se dejan llevar por el lado de la moneda, pero, incluso, cuando así sucede, la mano del destino –que ellos mismos se trazan– acaba por conducirlos al punto de salida, que no de llegada.
Bien puede hablarse del intento de plasmar una especie de alegoría sobre algunos de los más grandes intereses o entretenimientos de lo que hoy puede apreciarse como mexicano en el filme, sin embargo este estirón puede acabar en un encasillamiento pobre: el filme pretende, más que este cuadro de contornos lamentables, una inmersión en las querencias que impregnan calidez a todo lo que pueda llamarse “lo nuestro”. Y no, no hablo precisamente del futbol y la música grupera, sino de dos personajes que encarnan, con su carga de ingenuidad y desconocimiento a estas alturas incomprensible, lo mejor que tenemos: un pueblo que tiene sed de trascendencia.
Todo, al final, aunque da la impresión de ser un rompecabezas mal armado adquiere sentido: ¿qué podría ser de nuestro México sin la tragedia y el drama, sin la búsqueda de esa necesidad por sabernos, mal que bien, los depositarios de una historia trágica y mal contada? En México así somos, así hemos sido, quizás lo seguiremos siendo. En La región más transparente Carlos Fuentes anotó: “Aquí nos tocó vivir. En la región más transparente del aire”. Nunca como ahora –fórmula que ha venido repitiéndose y que sin duda seguirá pronunciándose en años venideros– esa frase adquirió su pesadez de condena. Los intentos por liberarse de ella, hasta hoy, han sido históricamente vanos.
“Se encontraron en una calle oscura… / tan humildes, tan llenos de amargura, / que parecían dos pequeñas olas / compartiendo la súbita negrura / de un olvidado mar”
Jaime García Terrés, “La calle” en Las provincias del aire
Imagen: www.elangelcaido.org
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