martes, 13 de enero de 2009

Futurosidades


Tuve un sueño hace pocos días. Por lo común sucede que los sueños traen impresa una especie de instantaneidad. Su inicio, desarrollo y desenlace no acomoda con nada; incluso en ocasiones son furibundos rompecabezas. Quizá sobre decir que en su mayoría no son armables: todavía quedan rastros de muchos de ellos. Pero éste, en particular este sueño de hace pocos días, se me presenta nítido a cualquier hora, sus imágenes son tan vívidas que me veo obligado a frotarme los ojos para darme cuenta que no son parte del momento real. Aunque el tiempo real carezca de amarres y un centro al cual se pueda acceder en cualquier rato para volverlo aprehensible.
Este sueño, decía, es casi la revivificación de un hecho pasado, no remoto, ni matizado por velos de olvido o una atmósfera nebulosa: fue algo soñado que, sin embargo, es el futuro, con todo lo de enigmático que esta categoría de tiempo pueda tener. Lo afirmo sin temor a equivocarme: fue un sueño que nada tenía que ver con los días idos, ni con éstos, sino con los venideros, ésos a los que es imposible adivinarles tan sólo el nombre. Y por si acaso, no es nada parecido a la existencia irreal -porque real no parece- que llevo en los últimos meses. Una especie de velada visión.

“Era, en suma, pobre, / tranquilo. Todo en él relucía / cotidiana penumbra. / Era sólo / el hermano menor de tu mirada, / la sombra de tu sombra. / Casi nada”
Jaime García Terrés, “El hermano menor” en Las provincias del aire


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