
Hay un tipo de compromisos que, a menudo, son impuestos más que asumidos. Casi como probarse una camisa de fuerza. Por esta particularidad se cumple con ellos con un dejo de desgana que al final acaba por pasarnos la factura. Tras su cumplimiento el grado de satisfacción es mínimo, a veces, incluso, ni por asomo hay una pizca de autocomplacencia, mucho menos externa.
Atender este escalón en las relaciones familiares, laborales, escolares, y de toda índole, se ha vuelto, a últimas fechas, una rara manera de ser cortés, condescendiente, participativo, inclusivo, no apático, entre tantos otros gestos que de máscaras tienen un poco.
De ello hay un sinnúmero de ejemplos que atestan nuestra vida diaria casi como oxxo’s y tiendas siete-once hay en la ciudad. Su presencia llega a veces al grado de molestia, de comezón, de ininterrumpidamente rascarse la cabeza, de sentirse incómodo, fuera de lugar, en curva, etcétera. Los compromisos son los compromisos, dice un compañero de la oficina cuya filosofía de vida reside en ese ir por el mundo saliéndole el paso como sea a todo aquello que suene a fortalecer su intrincado laberinto relacional. Modo de conducirse que, yo, huelga decirlo, no comparto ni fumo ni lo llevo a mi molino.
El asunto de “los monitos” en la rosca de Reyes, por citar uno, se ha vuelto una cuestión, más que de convivencia y celebración de un día por demás ajeno a nuestras costumbres, de compromiso: cada 6 de enero llega la obligada asistencia a la partición de rosca. Por un lado, se dice que si “te toca mono” el año te sonreirá, aunque de entrada te veas obligado a costear la tamaliza del 2 de febrero –¿hay algo más paradójico? –; y por el otro, que sacar un mono equivale a una especie de maldición: “a mí siempre me toca”. Y ¡ay de aquél que intente guardarse misteriosamente el mono!, cuando no tragárselo, de manera sigilosa, sin aspavientos, ante la vista de todos.
Los benditos intercambios navideños constituyen otro más de esos compromisos ineludibles. Asistir al bautizo del hijo de un chompa que años atrás consideramos infumable. Ir a una reunión donde eres el invitado de uno de los invitados que, por cierto, le cae de la patada a todos los comensales –te arrastra tras convencerte de este modo: ¿me vas a dejar abajo? –. Salir al cine a ver una película cuyo género siempre has detestado, pero a cuya invitación te resulta complicado negarte. Y la lista es larguísima y tan diversa que no daría este espacio para enumerarlos todos.
Al fin, siempre existe la opción de salirse por la tangente… o de “darse a la fuga”.
“Esa palabra / yo la diría con los ojos cerrados… / La diría. / Pero temo / perderla. / Esa palabra es / mi solo sustento. / Nada me quedaría una vez que mis labios / hubiesen liberado sus voces de plata”
Jaime García Terrés, “Una palabra más” en Las provincias del aire
(Error imperdonable: en el post anterior escribí que Carlos Cuarón fue el director de Y tu mamá también. En realidad fue su hermano Alfonso, en tanto que Carlos escribió el guión de aquella película.)
Imagen: www.hotelconsul.org
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