lunes, 12 de enero de 2009

De noche


El domingo transcurrió sin darme cuenta. La mañana no apareció por ningún lado. Ahora pienso que quizás se quedó allí, agazapada, quieta, casi sin respirar, en algún rincón de ésos que no suelo frecuentar. Sus horas no tuvieron peso alguno. A veces actúa de esa manera: pasa de largo, no deja rastro, se las ingenia para disiparse en un respiro.
Hacia el mediodía, contrario a otros domingos, sopló un aire frío que le imprimió un rostro de vaguedad a todo: a ratos no tuve noción del espacio, ni del alcance de la voz, ni los ojos podían leer más de un párrafo entero; sobrevino entonces una ensoñación que desperezó la tarde hacia el final, ya cuando la oscuridad pisaba con paso seguro.
El domingo, huidizo, por momentos delirante, con una actitud de empedernido entrometido, me hincó sus colmillos y me dejó allí, exangüe, exhausto, a medias entre el apaciguamiento total y un estado de muerte prematura….

“Esa palabra / yo la diría con los ojos cerrados. / Hundido en las últimas sombras. / Quieto / como una ola maravillosamente / suspendida. / Todo callaría después de escucharla. / Y ante el silencio grave de las cosas / yo sentiría que mil ojos / me estarían hiriendo”
Jaime García Terrés, “Una palabra más” en Las provincias del aire


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