
2008 no fue un buen año. No, en definitiva, no fue un buen año. Como todos los anteriores transcurrió a lo largo de doce meses, pero de algún modo lo sentí eterno. De algún modo y por un caudal de motivos. Lo más sencillo para llevar a cabo un balance es sumar y restar, y según la diferencia echar campanas al vuelo o mantener una actitud mesurada, cuando no de franca congoja.
Cuando estudié contabilidad me familiaricé con un tipo de balance necesario para el ejercicio contable y fiscal de cualquier negocio: el estado de pérdidas y ganancias. Quizá la eternidad de este año que terminó hace cuatro días radique en esa fría frase: las pérdidas y ganancias que quedan tras el amontonamiento de los días y el reguero de los meses, tras la necesaria conciencia de los errores y la balsámica resignificación del pasado.
En este momento me niego a rotundamente a hacer cualquier proceso aritmético, porque en el fondo estoy del todo consciente de que soy un pesimista que a menudo lleva toda sus acciones a la raya de lo dramático. No es necesario, sin embargo, poner un velo a lo vivido, basta con echarle un ojo a lo que de ello quedó.
En muchas ocasiones sentí que los días se iban pero que yo me quedaba, me detenía, sin fuerzas, paraba el tiempo: ese estado de rara ansiedad me enseñó que adelantar las manecillas de un reloj es un engaño que conduce a considerar la realidad como un espejismo.
El resultado anual, sin necesidad de echarle lápiz, es de déficit, por lo que la actitud, por muy esperada o lacónica que suene, ha de ser tremendamente mesurada.
“Hay quienes fingen, al cerrar los ojos, / castillos de oro, pájaros brillantes / y alfombrados caminos… / Hay quienes abren puertas al olvido, / nublando ciegamente su tortura / y no sueñan en nada”
Jaime García Terrés, “Testimonios” en Las provincias del aire
Imagen: www.calendariosmundiales.com
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