
Una mujer mayor, de edad casi inescrutable, impulsaba un columpio. Lo hacía con una concentración digna de otra faena. El rechinar del aparato, quizá por viejo u oxidado, era potente. Las risas de quien era paseado en el columpio competían con aquel sonido rasposo, incómodo. Reía y cantaba la niña que sentía que volaba: le gritaba a la mujer mayor que la empujara cada vez más fuerte. No había nadie más en el parque, y la tarde era un solo árbol: gigantesco, que se bamboleaba con el paso del viento que soplaba frío.
El rostro de la niña del columpio –a cada instante más cercana a mí por los empujones que la mujer mayor le imprimía al juego– se iba tornando grave: al poco rato ya no parecía más una pequeña, era una mujer, cuyo gesto, como una planicie seca, ajada, desprovista de huellas, parecía un bulto informe. Sin embargo, seguía riendo, e interpelaba a la mujer mayor sobre el cambiante clima. A ratos cantaba divertida; a ratos sólo reía; incluso lanzaba voces en tropel.
El columpio, en un momento preciso, no era más que un crujir de fierros: su rechinido traía un sabor desabrido, una sensación desoladora. La niña que veía la tierra desde lo alto del columpio era en realidad una mujer, de treinta años más o menos. Una mujer que cantaba, reía y se divertía como una niña de primaria. Su gesto distante fue volviéndose un brazo de mar cercano: sus palabras, por otro lado inentendibles, la definían. Un potente empujón de la mujer mayor la trajo a tan sólo unos metros: y pude ver, entonces, que su cara no dejaría de ser nunca el de una niña con la sonrisa ladeada.
“¿Y qué milagro hizo que en medio / de tantos ojos, frente a ti, cerrados, / abriera yo los ojos? / Mi dicha es ésta, reina triste: / yo soy el testimonio / de tu verdadera existencia”
Rubén Bonifaz Nuño, “El manto y la corona” –6–
Imagen: www.ollorens.com
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