miércoles, 31 de diciembre de 2008

Escena sola


Una mujer mayor, de edad casi inescrutable, impulsaba un columpio. Lo hacía con una concentración digna de otra faena. El rechinar del aparato, quizá por viejo u oxidado, era potente. Las risas de quien era paseado en el columpio competían con aquel sonido rasposo, incómodo. Reía y cantaba la niña que sentía que volaba: le gritaba a la mujer mayor que la empujara cada vez más fuerte. No había nadie más en el parque, y la tarde era un solo árbol: gigantesco, que se bamboleaba con el paso del viento que soplaba frío.
El rostro de la niña del columpio –a cada instante más cercana a mí por los empujones que la mujer mayor le imprimía al juego– se iba tornando grave: al poco rato ya no parecía más una pequeña, era una mujer, cuyo gesto, como una planicie seca, ajada, desprovista de huellas, parecía un bulto informe. Sin embargo, seguía riendo, e interpelaba a la mujer mayor sobre el cambiante clima. A ratos cantaba divertida; a ratos sólo reía; incluso lanzaba voces en tropel.
El columpio, en un momento preciso, no era más que un crujir de fierros: su rechinido traía un sabor desabrido, una sensación desoladora. La niña que veía la tierra desde lo alto del columpio era en realidad una mujer, de treinta años más o menos. Una mujer que cantaba, reía y se divertía como una niña de primaria. Su gesto distante fue volviéndose un brazo de mar cercano: sus palabras, por otro lado inentendibles, la definían. Un potente empujón de la mujer mayor la trajo a tan sólo unos metros: y pude ver, entonces, que su cara no dejaría de ser nunca el de una niña con la sonrisa ladeada.

“¿Y qué milagro hizo que en medio / de tantos ojos, frente a ti, cerrados, / abriera yo los ojos? / Mi dicha es ésta, reina triste: / yo soy el testimonio / de tu verdadera existencia”
Rubén Bonifaz Nuño, “El manto y la corona” –6–

Imagen: www.ollorens.com

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