miércoles, 17 de diciembre de 2008

Mi cambio


Hace dos días, en una farmacia –de ésas que pertenecen a una cadena y tienen por nombre el de esta “noble y leal ciudad” –, una cajera tenía que devolverme 367 pesos de cambio. La mujer, con evidente cansancio por la larga jornada –me encontraba allí casi a las diez de la noche–, me devolvió 340 pesos. El error lo atribuí a ese rostro desencajado y agotado que mostraba, pues 367 no se parece en nada a 340. Ahí mismo, en la caja, me di cuenta del error, pero al buscar a la cajera un segundo después ya no estaba; la esperé, tardó 2 minutos en aparecer.
Al volver le indiqué que el cambio que me había dado no correspondía al que indicaba el ticket. La mujer, ya con un dejo de enfado y molestia, comenzó a hacer su corte de caja para “comprobar” que no estaba yo tratando de robarla. Y yo que de paciencia no tengo más de 500 gramos, me le quedé viendo mientras contaba –moneda por moneda, billete por billete–, no fuera a ser que después me saliera con que “a Chuchita la bolsearon”.
Con una lentitud exasperante, la mujer que, valga decirlo, no traía un gafete con su nombre como es costumbre en esa cadena farmacéutica, contó y contó mientras anotaba en el reverso del mismo ticket las sumas de morralla, billetes chicos y billetes grandes. El corte de caja había indicado que tendría que tener en su máquina 1,502 pesos. Al final, tras sumar aquellas cantidades anotadas en el papelito blanco, tenía un total de 1,420; es decir, le resultó un déficit de 82 pesos.
Y ahí explotó la bomba: me lanzó una mirada, calculada y recriminante, que yo interpreté –es muy bueno uno para eso– como si me calificara de ratero o estafador o algo parecido. Me miraba y me miraba y no decía palabra. Ya un tanto “encendido” estaba a punto de decirle algo referente a su ineptitud cuando se acercó un supervisor. “¿Qué pasa?”, le preguntó a la mujer. Ésta lo puso al tanto, y el tipo, sin decir palabra alguna, comenzó a contar el dinero. Mientras lo hacía, la mujer, ahora con una actitud arrogante, me preguntó “¿cuánto dice que le hace falta?”. Fue tan enfática al pronunciar el dice que estuve a punto de espetarle un improperio, pero me limité a decirle la cantidad y no me moví, me quedé allí, mirando al supervisor contar el dinero.
El asunto se resolvió así: las cuentas del supervisor distaron mucho de las de la cajera. Él sumó 1,580, o sea, 72 pesos por encima del corte de caja. Le ordenó a la mujer que me entregara mi cambio completo. Ésta, cuyo semblante –metamorfoseado a la velocidad de la luz– era ahora de congoja y vergüenza, me dio sólo 22 pesos. Una vez más le hice ver su error, y con evidente coraje me entregó los 5 pesos restantes.
Salí de allí convencido de algo, que pudiera parecer producto de un arranque: no vuelvo más a esa sucursal.

(Más de 300 escritores han manifestado públicamente su respaldo a Sergio Ramírez en contra de las medidas restrictivas del gobierno nicaragüense de Daniel Ortega.)

Imagen: elfindelosdiasgrises.blogia.com

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