sábado, 13 de diciembre de 2008

Abismos cotidianos


Los días están llenos de abismos. Se plantan con majestuosidad en todo lugar y franquean cualquier paso posible. Abismos que, vale adelantarlo, son invisibles: es imposible rastrearlos, ya no se diga capturarlos. Tienen un peso específico, son en su mayoría brutales, y mudan de apariencia apenas hacen contacto con algún objeto: sea su víctima u otro abismo menor que trata de adelantarse en el movimiento, etcétera. Hay abismos por grados, clases y duración de tiempo.
Sin embargo, aunque no se les vea, al dar vuelta a la esquina están allí, esperando agazapados el momento oportuno para saltar sobre la presa: son tan variados, a veces se presentan con sobrada arrogancia y calan tan de distinta manera que es imposible eludirlos en su primera embestida. Su invisibilidad, único poder que no han perdido no obstante el transcurso del tiempo, los ha hecho apoderarse de la cotidianidad, de toda cotidianidad, de mi cotidianidad: salir bien librado de sus ataques constituye, más que una proeza humana, un acierto al que se llega con cautela y mediante bien pensadas acciones, ejecutadas con fina precisión. Cazador de abismos es una profesión de reciente orden.
Hay uno en particular que me cierra el paso desde hace tiempo, que se atraviesa a cada momento, que le ha dado por, ¡vaya desproporción!, desajustar mi cordura, someterla a su antojo, reducirla a una monserga inservible: la extraviada cordura ha abandonado sus posiciones estratégicas, desde donde avizoraba todo paso futuro, desde donde podía sumar los días y sacar un total que me fuera favorable: el asunto se ha vuelto tan complicado que he decidido prescindir de toda proporción afín a pensar antes que actuar: la cordura mudó en arranques, ése es el abismo que es el azote de mis últimos días.
Aunque tal pareciera que los arranques, en las últimas horas, han depuesto las armas en un intento de tregua, menguando el poder de sus ataques y espaciando éstos, antes de ondear alguna bandera me he pertrechado, sí, renqueando, avanzando de lado, sumido en cavilaciones extremosas, pero oscuramente preso de una alegría duradera.
-No sé si hasta el momento he dicho que los abismos tienen una particularidad que los vuelve inigualables: son personales. Cada uno tiene unos cuantos, que tiene que sortear para llegar al final del día con una sensación de victoria que, al fin, no es tal.

“Cuando recuerdo, cuando pienso / otra vez en ti, se enraiza el aire / en torno tuyo, renovado. / Recién despierta abres el alma / y conoces y reconoces / la casa, el riesgo, el otro día”
Rubén Bonifaz Nuño, “El ala del tigre” -5-

Imagen: www.cinenacional.com

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