
El miedo crece, se enraiza, se multiplica, se propaga a través de todo el cuerpo. Entra por cualquier parte y en segundos ya ha recorrido todas las extremidades y ha tomado posesión del total de las articulaciones y órganos. Dicen los que saben –se descubrió apenas hace poco- que en los adentros viaja a la velocidad de la luz, que prende al mismo tiempo en lugares remotos y distantes entre sí: en los más alejados rincones de los pies y la cabeza. Hay un momento en ese trajinar impetuoso, lleno de tumultos y raudos movimientos, que desaparece, se vuelve invisible a toda vista, se escabulle y no deja rastro: se piensa que se achica hasta quedar como una gota minúscula con el objeto de confundirse con ese universo de células que recorren los miles de kilómetros de venas que se retuercen y se enroscan al interior del cuerpo, aunque también se ha llegado a aventurar que se trata más bien de una desaparición metódica, con fines intimidatorios y de destanteo. Horadar todo tipo de huecos, pasajes, vías rápidas, vueltas, desniveles, fondos, redondeles, cavidades, lleva una inconfundible marca insigne: el miedo se hace de una víctima más tras desplegar una estrategia de invasión que conjura en un santiamén. En su rápido actuar va implícita la decisión milenaria de estar presente a toda hora, de asomar la cara en cada hecho, de meter su mano en lo ordinario, pero más en lo extraordinario. Ése es el más publicitado número de su circo: ser el artífice de lo no imaginado, de lo sublime, de lo ridículo, de todo aquello que arranque expresiones de sorpresa, decepción, vergüenza y anonadamiento. Su carrusel arranca al accionar ese mecanismo, y su marcha no es posible detenerla o hacerlo tropezar con un inesperado acto de valentía. Ese envión, ya en camino, ha de llegar a su final, sea de la naturaleza que sea y no importa si allana las rutas o las vuelve escabrosas. El tránsito del miedo viene precedido siempre de un temblor que se prolonga incontrolable….
“…la muerte / mira, agazapada, el instante / donde apaga su lengua roja / algún dolor que fuimos. Risa / de saber que en algo nos morimos, / que algo para siempre nos perdona”
Rubén Bonifaz Nuño, “El ala del tigre” -7-
Imagen: www.estudio13.com
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