lunes, 29 de diciembre de 2008

De acumulaciones


“Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos coleccionado alguna cosa”, empieza diciendo Godofredo Olivares en el texto “Viejas tarjetas postales”, publicado en la revista Tragaluz en noviembre de 2003.
Esa simple frase –ahí me detuve; horas después retomé la lectura– trajo a mi mente todos aquellos objetos que de niño coleccioné, algunos “porque era tiempo”, como estampitas de béisbol, luchadores o actores y actrices de cine; corcholatas alusivas a algún suceso fuera de lo ordinario –mundial de futbol, olimpiadas, películas de moda, etcétera–, canicas –llegué a tener en un frasco enorme mil quinientas, entre agüitas, ponchitos, americanas, cacalotas, cebras, etcétera–, entre tantos otros que hoy, gracias a los goterones que mi memoria acusa, lamentablemente ya no recuerdo.
A ese loco afán de acumular objetos inservibles, como llamaba a las colecciones mi madre, se pone todo el entusiasmo y la inventiva de la que se puede ser capaz: jugar volados, hurtar, hacer trueques ventajosos, conseguir por medio de terceros, disputar una “rayuelita”, todo con el fin de ver acrecentado el caudal de lo que en ese momento se considere lo más valioso, lo deslumbrante, lo inimitable.
Ese grado de paroxismo ha menguado con el paso del tiempo, hoy sigo coleccionando algunas cosas pero no me vuelvo loco por ver incrementado el número de esos objetos preciados: de un tiempo para acá, por ejemplo, acumulo llaveros, de los que prefiero –sin ninguna intención despreciativa– los traídos de otros estados del país o incluso del extranjero. Los acepto todos con sumo agrado. Tengo pocos, pero sé que se trata de algo que dado el momento se verán multiplicados. Tazas es otra cosa que colecciono, y que comparadas con los llaveros, su número es bastante pobre, incluso podría decirse que pobrísimo.
Llegado a este punto me pregunto si ampliar los títulos de mi biblioteca personal sea, en estricto sentido, coleccionar libros. Me parece que no, sin embargo, en el fondo subyace una intencionalidad de acumulación, de atesoramiento de mayor número de volúmenes, no repetibles por cierto. ¿Será esto una señal enfermiza o alucinante? O ¿será, acaso, una manía más que un raro hábito? Quisiera pensar que se trata, más bien, de una extraña manera de saberme vivo. Y es que esa actividad de coleccionar algún objeto termina siendo una vía de escape bastante transitada y una acción gratificante muchas veces repetida.

“Y sujeto en el celeste hielo / del alba, el corazón a tientas / llevo a salir. Hallo la llama / con vértices de flor, el fuego / visual, el silencio consagrado”
Rubén Bonifaz Nuño, “La flama en el espejo” –b–

Imagen: www.arosonline.es

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