lunes, 1 de diciembre de 2008

Fragmentos de memoria


Hace días que he querido escribir más allá de los recuerdos. Sin embargo, hay algo que se desliza entre las letras, algo que ensombrece la planicie blanca de la hoja. A cada recuerdo que busco darle la vuelta se me viene encima otro más poderoso: los recuerdos tienen la cualidad de los racimos: se apeñuscan, se apretujan, se arraciman, se conjugan, se pierden unos entre otros, se enmascaran casi siempre con la intención de no desaparecer.
De un tiempo para acá recordar –el oficio más viejo del mundo, aunque algunos se inclinen por otro-, ha sido el aliciente más vigoroso: soltarle el hilo a los recuerdos, como se le suelta al papalote que se ve cada vez más lejano y que, sin embargo, está al alcance de la mano, supone un ejercicio más lúdico que torturante, una posibilidad que, mediando el día o la larga noche, es imposible eludir: es de tanta fuerza su embestida que las más de las veces no da tiempo ni para recibir de pie su presencia.
Tengo que reconocer, además, que los recuerdos son de algún modo imprescindibles: no sólo de pan vive el hombre, también de eso que ha guardado en el transcurso del tiempo.

“Y en mi corazón te regocijas / como si estuvieras, y en mi lengua / habla tu olor florido y calla. / Serpiente de ojos dulces, boca / muerta, el corazón que me poblaste / como de retoños en la noche”
Rubén Bonifaz Nuño, “El ala del tigre” -8-

Imagen: www.awpro.wordpress.com

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