
Es bastante común encontrarse con excompañeros de banca, ya sea de primaria, secundaria, e incluso de prepa o licenciatura, y si el tropiezo es grato recordar e intercambiar chuscas anécdotas, traer a colación viejos nombres, inolvidables apodos, situaciones críticas, entre muchas otras cosas. Las más de las veces estos encuentros se dan en la calle, las menos en lugares cerrados, pero la constante es la sorpresa, en muchos casos agradable, en otros no tanto. Cuando esto último sucede, lo más usado es sacarle la vuelta al excompañero o excompañera, por aquello de la incomodidad de saludar a alguien non grato, cualidad que no se pierde al paso de los años.
Atareados en esa ardua labor de “ponerse al día” se van deshilando los meses al ritmo de un trago, un café o al pie de la acera, incluso sumergidos en los vaivenes insanos de un autobús. Y en este largo rosario, a dos voces, van apareciendo viejos amigos, clásicos enemigos, y alguno que otro que nos fue totalmente indiferente, cuando no ni lo hacíamos en el mundo.
Y son traídas al presente aquellas divertidas reuniones en casas de algunos amigos, en las que a menudo privaba un ambiente de sana camaradería, cuando los papás habían salido o antes de que volvieran de su trabajo. Aquellas secretas convivencias se desarrollaban con un marcado tinte de misterio, como si uno y los más cercanos perteneciéramos a una especie de logia maldita, y el éxito de cuyas actividades dependía del desconocimiento general. Recuerdo las pintas para ver en casa de un chompa las películas de Bruce Lee, cuyos posters tapizaban las cuatro paredes de su cuarto y el mismo Bruce te recibía con un puño estirado en la puerta de madera de su habitación.
Otra cosa que sorprende es lo que el interlocutor cuenta de sus encuentros con otros excompañeros: la mayor noticia casi siempre tiene que ver con las actividades de los antiguos compañeros: a aquél que era callado, retraído, medio listo pero que pasaba en el juicio de todos por un imbécil, ahora tiene un bien ponderado hueso en la política o es dueño de una flotilla de taxis; aquella que pasaba por despreocupada de las clases, era pintera y se creía que no sacaría el certificado o el bachillerato, ahora se dedica a regentear una casa-hogar de madres solteras o tiene un puesto ejecutivo en una empresa de prestigio. A los oficios no siempre se les ve la raíz en los años adolescentes. Y si quizá se conjetura sobre tal vocación, al paso del tiempo resulta un chasco total.
Hace poco me crucé con un viejo amigo de la secundaria. Por aquellos años le vaticinamos que si no acababa como científico loco por lo menos sería un gran inventor, dado su ingenio, creatividad e inteligencia; me contó, sin embargo, que atendía una tlapalería que su padre había abierto unos meses antes de morir de un ataque al corazón hace poco más de cuatro años.
“Como ladrón sin tregua, velo / en mi propio sueño; duermo como / el que no ha soñado que le roban; / alegre amanezco despojado”
Rubén Bonifaz Nuño, “La flama en el espejo” -2-
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