viernes, 26 de diciembre de 2008

Dar, ¿es dar?


Por estos días no faltan las invitaciones a participar en los intercambios. Que, más que una manera de dar lo que uno tiene, a menudo se convierte en una frenética búsqueda por agradar, de algún modo no tan plausible. Esto del intercambio quizá se trate, en el fondo, de una manera de ser sincero siendo in-sincero (si es que cabe esta expresión).
Antes de seguir adelante quiero decir que nunca me han fascinado del todo los intercambios. Pero en casa, por ejemplo, implantaron esta práctica de unos años para acá como un modo de asegurar que todos tuvieran, por lo menos, un regalo por Navidad; porque en esta época el dinero no alcanza para mucho, una suerte de condena que a casi todos nos acomoda.
La idea, un tanto mecánica y con un sabor no del todo agradable, desde cierta perspectiva, no es del todo descabellada. Sin embargo, esto también tiene sus asegunes: me ha sucedido que lo que me obsequian no figuraba dentro de mis gustos, ya no digamos que el regalo colmara mis expectativas. El asunto ahí se complica: en ocasiones se devana uno los sesos congratulándose por lo que podría recibir y, al final, aquello resulta no más que una desproporcionada ilusión. En esto de los intercambios echar campanas al vuelo puede significar la compra de una desmedida decepción.
Los intercambios, pienso yo, están hechos para satisfacer la vanagloria y la necesidad de querencia de las personas: luego entonces, sacar un papelito con la consigna de corresponder con un obsequio implica también un escondido deseo de recibir algo. Esto puede parecer mezquino y pretencioso. No obstante este parecer, la realidad es que recibir un obsequio siempre trae un aluvión de sensaciones cuyo fin es un regocijo interior que puede dar para muchos días, máxime si el regalo es del agrado del que lo recibe. Pero esto, he de decirlo, es escasísima harina de otro costal.

“Me tengo que reír con toda el alma / cuando recuerdo mi tristeza. / …Me contentan el ruido y el silencio, / las noches me contentan y los días, / la voz, el cuerpo, el alma, me contentan”
Rubén Bonifaz Nuño, “El manto y la corona” -5-

(En días pasados, como un adelanto de Navidad en ese momento, me regalaron un DVD –producto de un intercambio en el que forzosamente participé–: un concierto de Césarea Evora en París en 1994. ¡Bienvenu!)

Imagen: www.elotrolado.net

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