
Los parentescos son, más que un árbol a la vista de todos para llegar hasta el final de las ramas, un mapa que al mirarlo más y más se vuelve confuso. Y es que los parentescos están allí, inamovibles, con su carga específica, listos para signarnos su fatalidad o su destino en todos los actos que llevemos a cabo. En los parentescos, asimismo, hay una línea que nos persigue y de la cual, por más que se quiera, no podemos librarnos: hay filiaciones de sangre y apellido con las que nos iremos a la tumba. Hay una especie de conjura insalvable en esto; pero, también, de sencillo regocijo y alegría duradera.
Los parentescos, por otra parte, si se mira bien, nunca llegan a aclararse del todo, y las preguntas sobre las filiaciones y su tipo no son siempre respondidas a cabalidad. A tal extremo llega su entramado que se vuelve casi insostenible seguir su huella con fidelidad. ¿Por qué, por ejemplo, no se tiene un nombre específico para llamar a la madre de una cuñada? Se le llama así, llanamente, “la mamá de mi cuñada”. Y así las variaciones se suceden y se multiplican infinitamente. De este desacierto se sostienen otros tantos que se abalanzan con toda la incertidumbre de que son capaces.
De todo ese vasto universo mapeado de parientes existen muchos de los que no conocemos el rostro, sólo, y de manera vaga, su nombre, que, por otro lado, se repite en otros primos, tíos o padrinos y la confusión predomina en esto de los engarces familiares. Baste como ejemplo (literario) los Aurelianos en la estirpe de los Buendía. Se cuentan por montones y se semejan a tal grado que confundirlos viene a ser una creativa manera de reconocerlos: en su oculta personalidad radica su distinción.
En los parentescos hay recovecos todavía no explorados. Aventurarse por esos oscuros senderos implica deshacerse un poco de la seriedad y lanzar pregunta tras pregunta sin otro afán que descubrir la veta luminosa que conduzca al esclarecimiento de ese lapso oscurecido de nombres cercanos y parientes lejanos. Porque somos una especie de fantasma para aquellos parientes que nunca hemos visto y que, sin embargo, son nombrados a menudo en conversaciones familiares o en trazos históricos relegados al olvido. Es cierto que las fotografías ayudan a esta identificación necesaria, pero a menudo se carece de un retrato de muchos allegados, cercanos o lejanos, y la imaginación tiene que hacer su parte con un esfuerzo extraordinario y alucinante. Ellos mismos (los parientes), incluso, caminan por nuestros territorios sin ser reconocidos, ni llamados, y ni siquiera considerados o mencionados por su nombre más querido.
“…de golpe me enseñaste / que hay muchas cosas mías en el mundo: / que soy rico. Que tengo en todas partes / lugares que, por ti, me pertenecen; / lugares, fechas, luces, que he tomado / sencillamente, porque en ellos / he pasado contigo, / y en ellos te has quedado para siempre”
Rubén Bonifaz Nuño, “El manto y la corona” -5-
Imagen: www.darioaguirre.com
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