viernes, 5 de marzo de 2010

Silencios


Las tomas fijas, abiertas, los pocos diálogos y los largos planos de los que se vale Carlos Reygadas para contar una particular situación en la vida de los menonitas en Luz silenciosa pugnan por la hondura del filme; en el fondo la historia, según entiendo, tiene un tinte preciosista a resaltar. De las anteriores propuestas de este director mexicano, Japón y Batalla en el cielo, elogié, sobre todo, la parsimonia de un cine que busca prescindir de aparatosas secuencias y una superficialidad dada por el tratamiento de lo que se cuenta –de lo que se filma, para ser más exactos. De Luz silenciosa, sin embargo, hay que ir un poco más allá: la película toda es silencio, un silencio que de algún modo habla y cuenta.
Lo que sucede con el cine de Reygadas es que se antoja, en principio, difícil, en el sentido de que no se trata de películas que se tomen, vean y digieran a la ligera; hay en sus historias puntos en ebullición que desvelan situaciones que, conforme avanza la película, confluyen en el fin perseguido: en Luz silenciosa es evidenciar, por un lado, el alto perfil religioso de esta comunidad que vive segregada por decisión propia y, por el otro, desnudar un conflicto que aqueja al protagonista del filme. Del tratamiento de ambos frentes sale victorioso Reygadas. Quizá más del primero que del segundo.
Al ver el filme a menudo invade la sensación de que se asiste a una invasión íntima de una familia y sus quehaceres más mundanos: la delgada línea que separa ese vano espectáculo de una propuesta de arte es lo que Reygadas maneja con maestría, no sucumbe a un fácil lirismo, más bien enaltece la condición humana desde sus más simples manifestaciones hasta el grado de escenificar una cuestión que pone a la vida en un predicamento: seguir adelante o volver sobre los pasos, aunque ese retorno suponga romper con todo lo que quede al frente.
Al final, tras de que aparecen los créditos, antecedidos por una larga secuencia en la que sólo se escucha la naturaleza al desnudo –tuvo un mismo inicio aunque de una sensibilidad más evidente–, queda en la boca una sensación que alude al vino amargoso que no deja rastro alguno en la garganta. No esperaba, he de confesarlo, un clímax abrupto, apantallante, pero sí esa refinación al ir atando los hilos que fue dejando en el camino. Reygadas se centra en lanzar el planteamiento, ahondar en sus más íntimas pretensiones y de ahí en adelante el espectador tiene que arreglárselas solo. Luz silenciosa destila largos, deliciosos silencios, como tendría que ser el cine, diría más de alguno.

“Cae en cámara lenta la sed a mi garganta. / Murmurios de cimbras recorren la ciudad / mientras gotea la noche y el ulular de una ambulancia / mueve las hojas de los árboles. / Cantizal de sollozos, cebollas de mercurio, / todo es lenta penumbra como una llave que se cierra. / Paseantes al amanecer me rodearon / las noticias inciertas, mi barrio y la ciudad donde vivo. / El día escombra sus rincones, / busco mi corazón debajo de un zapato, / llamo a la dueña de la fonda / y le pido que traiga una vasija de agua / para lavar el tiempo.”
Juan Bañuelos, “Festín de las imágenes de alcohol” en Espejo humeante (1968)

Imagen: fotograma de Luz silenciosa

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