martes, 2 de marzo de 2010

Escrituras


Más de continuo de lo que podría pensarse me meto en cada lío por escribir algo para subir a este blog. De pronto el caudal de ideas cesa tan abruptamente que me veo impelido a rebuscar en archivos dejados a medias un tema que pudiera servir para esbozar un texto publicable. No resulta una tarea que conlleve sesudas deliberaciones, más bien se trata de un asunto que roza la inventiva en más de un sentido: encontrar una línea que detone una historia o sacar la historia de donde no la hay. Porque escribir, parafraseando a Robert Graves, sin embargo, es, sobre todo, trabajar palabras, con ellas y para ellas.
Embebido en esta mecánica no reparo, a veces, en que más me valdría no ver publicados en esta página algunos aconteceres que deberían de haberse quedado tan sólo en lo que me resta de memoria. Los leo y releo en este sitio con la secreta intención de convencerme de que hice bien al darlos a conocer; una lucha que resulta al fin desgastante, y cuyos resultados siempre distan de los esperados. No siempre se está contento con lo que se escribe, mucho menos si ello nos atañe de un modo tan íntimo que su libre circulación se presenta como una desgraciada afrenta irreparable –por aquello de que el autor mismo los da a conocer.
Y es que de pronto hay que hacerle al ilusionista, al mago cotidiano y extraer de la chistera algún truco que encandile a los posibles lectores, que atraiga su mirada con tal fuerza que no les sea posible despegar los ojos de los renglones que se van consumiendo. La labor no es tan sencilla como se plantea. Más aún, es de suyo complicada –y para ser honestos, creo haber fracasado en numerosos intentos. De entre tanto acontecer trivial y horas que transcurren en la más llana cotidianidad hay que seleccionar alguna posible hendidura, algún trozo rasgado, anécdotas no simples, que vaciadas en la hoja se conviertan en objetos cuya apreciación merezca que se les destine un poco de tiempo para su total comprensión.
Al final de todo, hay una pregunta que siempre está latente, que de algún modo extraño se las ingenia para aparecer y no irse; por más que se le dé una respuesta, quizá ambigua o quizá categórica, ésta no termina de marcharse, se asoma cada vez que el blog es puesto al día con algún texto: ¿le agrada a quienes pasan por aquí lo que leen, lo que encuentran cuando despliegan este sitio en sus pantallas? Este asalto de incertidumbres muy a menudo me encuentra a medio camino, y de allí en adelante el rumbo, curiosamente, se aclara, va de la mano de un aire limpio. Vaya con esta maldita cuestión.

“La soledad de las cosas que caen, / el paso del tranvía ahogándome este grito, / la tarde que levanta su lápida amarilla, / el encuentro que espera con su rostro de fósil, / el sastre que en la puerta pone el último / botón en las venas de un muerto, / los muslos separados de la joven que baja de un coche, / la cita que no llega, / la mano del deseo con su breviario sordo / nos señala un convento de celdas apretadas. / Ay el gesto enmohecido de la mujer de siempre / que al reflejo de un mismo fuego resplandece, / estas ganas de caminar a ciegas / y compartir la vida / como un pedazo de sol o de manzana.”
Juan Bañuelos, “Reflexión ininterrumpida” en Espejo humeante (1968)

(Este blog está de luto por el fallecimiento, el domingo por la mañana, de Carlos Montemayor y de hoy por la mañana, del papá de Martín Hernández, viejo amigo.)

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