martes, 23 de marzo de 2010

De chismes y otros gritos (3)


Cuando el chisme ya ha cundido como reguero de pólvora en cohetería, como bien lo apuntaba Xavier Velasco en su columna del diario Público en diciembre pasado, quedan a resguardo los calumniadores –o chismosos– y al descubierto los calumniados –o afectados por el culebrón verbal que los cerca–. Los primeros, al lanzar el petardo verbal, se enmascaran, pasan desapercibidos en tanto que los segundos son señalados, vituperados, y no encuentran sosiego sino hasta que “lo peor ha pasado”. Sin embargo, no es posible fijar el tiempo que media entre una cosa y otra.
Proclamar a los cuatro vientos cualquier embuste equivale entonces a lanzar al aire un buscapiés: entre más desate el pánico y haga correr a los que están alrededor mayor será su efecto. La cuestión no es plantarle cara y eludir su embestida: no hay tiempo ni sabiduría para tal cosa. Prender fuego y atraer la atención hacia el espectáculo abrasivo dará el tiempo suficiente para echar a correr y escabullirse sin ser visto: una especie de escapismo semejante a aquél de “arrojar la piedra –difamar– y esconder la mano –ponerse a resguardo–”.
Elucubrar un chisme no resulta una faena complicada, máxime si el afectado por lo que se inventa es alguien allegado. Conocer alguna debilidad, un hecho oscuro, una inclinación más o menos bochornosa ante la mirada ajena, un pasado que se busca ocultar a como dé lugar; provee de un amplio abanico de posibilidades al calumniador y un talón de Aquiles multiplicado al calumniado. Es indiscutible que el chisme cala más y su expansión es doble si el calumniador sabe del calumniado dos o tres aficiones o secretos: ese reducto compartido implica un arma para uno y una debilidad para el otro. Sin embargo, ser calumniado por alguien cercano inhibe para ejercer una posible venganza.
Los chismosos se revisten de un poder plenipotenciario que les permite saborear una y otra vez el desaguisado que provocan: no hay en ellos un rastro de conmiseración o tentativa al momento de soltar –como el apostador azuza al gallo en el centro del palenque a punto de la pelea– el chisme hasta ese momento bien cuidado, pensado, acariciado incluso. El gallo ya enfrascado en una lid enfurecida no volverá los pasos atrás; es decir, el chisme, por ninguna de sus aristas, podrá hacer daño a aquel que lo suelta, a menos que ese mismo sainete lleve un doble efecto no visible, y menos medible: el embuste retorna como bumerán.

“No puedo salir de mí sin que no vaya a dar a ti. / Ningún elogio nace más puro que tus pechos en la aurora. / El día es una gesta al contacto del aire. / Y es que he dormido en ti sintiendo que la noche / era una sangre nueva detenida en tu cuerpo. / Qué callada la nieve se ha fundido sobre tus muslos, lenta. / Escucha: / hoy nace la alegría como el viento. // Yo no sabré decir, Amada, / si hemos de reinventar el tiempo, / pero tu piel, que no es más que mi piel bordada de testigos / que probaron su amor para los siglos….”
Juan Bañuelos, “La piel del tiempo” en Espejo humeante (1968)

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