
Como un perseguido. Nada hay más desgastante que saberse perseguido. O peor aún, imaginarse perseguido. Como el hombre que deserta de las filas militares y de regreso a casa, por un camino enlodado y bajo el peso de la noche, a cada tanto escucha pasos y con celeridad se oculta tras los árboles, tras las rocas; o sin ningún remilgo se hunde de cuerpo entero en el fango. La sensación se vuelve un acicate desgastante, extenuante a tal grado que no quedan fuerzas ya para repensar la situación y dilucidar que se trata sólo de una imaginación desbordada.
Vida de perseguido. Una existencia a salto de mata, pendiente de cualquier anormalidad en el curso de las actividades cotidianas para poner tierra de por medio, o para transitar las horas sumido en un silencio que acaba por sofocar, por provocar que se tire por la borda cualquier momento calmo. La clausura del lugar de residencia se semeja en sus métodos de aislamiento con la cerrazón del alma, con la agudeza del oído y la disposición para camuflar cualquier vestigio que denote la presencia. Si de algún modo se tiene por descubierto entonces sobreviene el otro lado de la moneda: aquélla que pasa por sumergirse entre la multitud con la intención de no ser detectado.
Se cerca al perseguido. Con cuidado, meticulosidad y paciencia se van cerrando las posible salidas, se tapia cualquier resquicio que pudiera servir, en un momento dado, de vía de escape. Se trata de un trabajo ajedrecístico pausado, llevado con una cautela que pasma, que asombra, que bien pudiera calificarse de sórdido ensañamiento (con el perseguido). Llega el momento en que el perseguido no tiene para dónde hacerse, no tiene ya opción de entrega o de pedir armisticio. No sabe en qué momento le caen las bayonetas, y en ese justo instante se percata de que nada hay más desalentador que querer abrir todas las puertas a la mano y que ninguna tenga chapa.
Perseguido. He llevado hasta hoy una vida de perseguido. No hablo, por supuesto, de que tenga deudas con la justicia o con otros grupos de cualquier índole. Más bien se trata de una persecución imaginada, muchas veces alimentada por las circunstancias y los propios pesares. Dos o tres veces, por ejemplo, echo un vistazo atrás a punto de abrir la puerta de mi departamento. Más aún, si la hora de llegada es de plano muy tarde o ya de madrugada. Se trata de una sensación que se me encarama, de un hábito que se ha convertido en una insana costumbre, mal entendida, erróneamente llevada y peor vivida.
“Yo pensé que la vida era esta palma de la mano / puesta cerca del fuego en una noche helada. / Quise primero amar / y descendí junto con la catástrofe. / Fui hasta el horizonte donde los hombres pasan, / odié con saña como el que asesina, / como el que asalta, y también como el que llega / y saquea el cofre del invierno. / Entró de pronto en mí esa blanca mirada / de los que nada tienen, / y en ella fui escribiendo horas y días. / Así pude pasar por el ojo de la aguja.”
Vida de perseguido. Una existencia a salto de mata, pendiente de cualquier anormalidad en el curso de las actividades cotidianas para poner tierra de por medio, o para transitar las horas sumido en un silencio que acaba por sofocar, por provocar que se tire por la borda cualquier momento calmo. La clausura del lugar de residencia se semeja en sus métodos de aislamiento con la cerrazón del alma, con la agudeza del oído y la disposición para camuflar cualquier vestigio que denote la presencia. Si de algún modo se tiene por descubierto entonces sobreviene el otro lado de la moneda: aquélla que pasa por sumergirse entre la multitud con la intención de no ser detectado.
Se cerca al perseguido. Con cuidado, meticulosidad y paciencia se van cerrando las posible salidas, se tapia cualquier resquicio que pudiera servir, en un momento dado, de vía de escape. Se trata de un trabajo ajedrecístico pausado, llevado con una cautela que pasma, que asombra, que bien pudiera calificarse de sórdido ensañamiento (con el perseguido). Llega el momento en que el perseguido no tiene para dónde hacerse, no tiene ya opción de entrega o de pedir armisticio. No sabe en qué momento le caen las bayonetas, y en ese justo instante se percata de que nada hay más desalentador que querer abrir todas las puertas a la mano y que ninguna tenga chapa.
Perseguido. He llevado hasta hoy una vida de perseguido. No hablo, por supuesto, de que tenga deudas con la justicia o con otros grupos de cualquier índole. Más bien se trata de una persecución imaginada, muchas veces alimentada por las circunstancias y los propios pesares. Dos o tres veces, por ejemplo, echo un vistazo atrás a punto de abrir la puerta de mi departamento. Más aún, si la hora de llegada es de plano muy tarde o ya de madrugada. Se trata de una sensación que se me encarama, de un hábito que se ha convertido en una insana costumbre, mal entendida, erróneamente llevada y peor vivida.
“Yo pensé que la vida era esta palma de la mano / puesta cerca del fuego en una noche helada. / Quise primero amar / y descendí junto con la catástrofe. / Fui hasta el horizonte donde los hombres pasan, / odié con saña como el que asesina, / como el que asalta, y también como el que llega / y saquea el cofre del invierno. / Entró de pronto en mí esa blanca mirada / de los que nada tienen, / y en ella fui escribiendo horas y días. / Así pude pasar por el ojo de la aguja.”
Juan Bañuelos, “El corazón de todos” en Espejo humeante (1968)
Imagen: http://www.tupatrocinio.com/
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