miércoles, 3 de marzo de 2010

Discurso de lo salvaje (2)


A raíz de que se diera a conocer la noticia de que un jugador de futbol profesional fuera baleado en la madrugada de un lunes del mes de febrero en un bar defeño regresaron a mi mente las imágenes de aquel hombre que disparó sin provocación de por medio en una estación del metro en septiembre pasado. El poder de una pistola, sobre todo en manos de alguien que “de su cabeza bien bien no está”, resulta una amenaza para todos: a dónde nos conducirá este temor que se generaliza día tras día, apostándole al amedrentamiento como una posibilidad de encumbrarse de poder. Una pistola oculta entre las ropas se convierte en una coraza del cuerpo que la carga.
Entre más ocasiones vi las imágenes del tipo que se soltó disparando en la estación del metro capitalino caigo en la cuenta de que una especie de terror urbano nos está invadiendo: a estas alturas hay quién se pregunta si habrá alguien que podrá saberse a salvo en urbes donde el asalto a mano armada es canjeable por un billete de cien pesos o un reloj-baratija que no pasa del tostón. Y menos en aquélla donde un llanero solitario desquiciado se monta en su caballo de acero subterráneo y traza un cerco de violencia doméstica y gratuita a la que no todos podemos acceder pero de la que sí somos potenciales víctimas. Estar a merced de un tipo que dispara sin motivo de por medio constituye una postal del más burdo discurso de lo salvaje.
En La coartada perfecta, Patricia Highsmith –la cito a propósito del baleador del DF– escribe: “La multitud se arrastraba como un monstruo ciego y sin mente hacia la entrada del metro. Howard odiaba las multitudes. Le hacían sentir pánico. Su dedo estaba en el gatillo…” Salir a la calle, un buen día, con una encomienda de lo más corriente puede conducir, de manera irremediable, a un rincón donde un empistolado, sabedor del temor que infunde, goza de la potestad maldita de dispararle a alguien a quemarropa, de hacerle agujeros en el cuerpo sin otra intención que divertirse o ponerse a mano con sus fantasmas personales.
La paranoia no es un estado que se acomode a todos, sin embargo sí trae consigo señales que, de no dominarse, acaban en una especie de vida colectiva atrabancada. El llanero solitario del metro se reproduce en muchas ciudades, dispara en numerosos lugares, victima al que esté a su alcance, a todo aquel que cometa el yerro imperdonable de atravesarse en su camino, o en su mirada o en su mirilla. Highsmith continúa: “La entrada del metro estaba tan sólo a un par de metros. Dentro de los próximos cinco segundos, se dijo Howard, y al mismo tiempo su mano izquierda se movió para echar hacia atrás el lado derecho de su sobretodo, hizo un movimiento incompleto, y una décima de segundo más tarde la pistola disparó.” Al frente, sin más, alguien se desplomó. Nos desplomamos todos.

“Tendido de espaldas sobre fríos esteros, / con mi mano retiro el sol más allá de mis labios. / Los pájaros de aire vespertino se refugian en un árbol que emigra. / No es la dulzura, no / lo que oscila son las aguas de aquel clamoreo, / allá en el fondo de los espesos bosques, / donde el pubis de hojas amarillas es una ciénaga / para el corazón de los muertos. // Allá en la madrugada / la niebla era un perro palpitante, apretado, / y sobre las frías salinas de las tumbas / la noche pasaba como un pastor que hostiga sombras.”
Juan Bañuelos, “Día de muertos” en Espejo humeante (1968)

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