martes, 9 de marzo de 2010

Chochel


Xóchitl era capaz de liarse a trompadas con sus amigos de edad semejante; a ella no le importaba enfrascarse en una pelea que, estaba segura, iba a salir victoriosa. Nunca la vi perder uno solo de aquellos combates. En sus últimos días mi abuela todavía recordaba que dos o tres veces por semana iba a casa alguna señora, mamá de uno de aquellos adolescentes –casi todas las vecinas desfilaron ante la audiencia casera–, a quejarse porque “su nieta hizo llorar a mi hijo, le dio tres trompadas y lo pateo en el trasero”. En el barrio no había quién, ni mujer ni hombre, se le pusiera al tú por tú; le guardaban una especie de fervorosa reverencia.
Mi hermana mayor, no satisfecha por su itinerario peleonero en la calle, seguía incluso con los de casa: pasabas a su lado y te llevabas un recuerdito: un coscorrón, un pellizco, una patada, un sope. “Pareces burro”, le gritaba, “te la pasas pateando al que se te arrima”; intentaba defenderme, inútilmente claro. Llegué a pensar muchas veces que se trataba de un proceder incontrolable, de una manera de conducirse ante aquellos que de algún modo le debíamos respeto y autoridad por ser menores o por el simple hecho de que, en ausencia de mamá, ella comandaba el territorio casero. Quizá era otra cosa, tal vez diversión pura.
Con ese perfil de mujer dura, que no se arredraba ante nada, uno pensaría que pocas cosas le infundían temor, y mucho menos animales insignificantes como las cucarachas. Sin embargo, a este animal en particular le tenía un pavor descontrolado, que aún a la fecha no puede desprenderse. Si se encontraba con uno de estos especímenes no dudaba en pegar el grito: al escucharla invariablemente se sabía a que se debía aquella anormalidad: había que acudir en su ayuda y librarla de aquel animalejo del que rezaba una repugnancia increíble. No así cuando se enfrascaba a golpes con alguien: ahí no necesitaba ningún tipo de auxilio, más bien había que detenerla so pena de ver trazada una catástrofe.
Hoy ella se queja, con un dejo de incomprensión total cruzándole el rostro –que no deja de tener algo de cómico–, que su hijo adolescente pelea en la secundaria. Levanta la voz preguntándole si ella le ha dado tales ejemplos: es cierto que sus hijos no presenciaron nunca aquellos míticos combates, pero aquí entra lo que se ha dado en llamar herencia genética, o como se dice comúnmente, eso que “se lleva en la sangre” y que es, a la vez, incomprensible en sumo grado. Y aún más porque Xóchitl, a la que mi abuela llamaba Chochel, aún hoy se jacta de que sometió a dos tres gañanes o galanes de la cuadra, de ésos que hacen todo por apantallar o sobresalir y que, con ella, toparon en pared.

“A la puerta del bar / se despide de nosotros nuestra sombra, / y de pronto, de trago en trago, con mansedumbre caminamos / (ceremoniosas marionetas manipuladas desde el hipo.) / Es un quehacer de ciegos en la oscura medusa del desastre, / un árbol de lisonjas puesto en pie como un domingo, / y esa lana de vergüenza que brota entre las piedras / de la estriada guitarra. / Mujeres instantáneas, perfumes disecados, / y mi sombra crepita en la espuma del vaso de cerveza: / Lucía es un cristal que tiembla, / Delia tiene la edad del vino / y Ester lleva su falda quemada por los muslos.”
Juan Bañuelos, “Festín de las imágenes de alcohol” en Espejo humeante (1968)

Imagen: "Fragmentos de Buenos Aires" encontrada en http://www.interarteonline.net/

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