miércoles, 24 de marzo de 2010

Asimetrías


Se dice que la simetría en el cuerpo humano no es tal: algo lo desproporciona. Hay quien afirma, por ejemplo, que un ojo lo tenemos más pequeño que el otro, y que una oreja, por milímetros, es más reducida que la otra. Cosa de ínfimas dimensiones. Puedo decir que mi abuelo tenía una pierna más larga que la otra; lo que no puedo afirmar es si se trataba de la derecha o de la izquierda, no lo recuerdo. Por tal motivo al caminar parecía que se balanceaba: se trataba de un ligero movimiento, perceptible si se ponía una atención más allá de lo común. Su andar semejaba un velero surcando un mar calmo.
Una amiga, cuyo nombre para el caso es irrelevante, a menudo dice, con un ligero dejo de vanidad encubierta, que uno de sus pies es drásticamente más pequeño que el otro: pero, argumenta a modo de defensa, se trata de una enfermedad, llamada pie equino. Al mirarla uno pensaría que su calzado lo compra en la sección de llaveros de una tienda de souvenirs y no en una zapatería común. Para su pie derecho pide la medida 2.5, y para el izquierdo medio número más chico. Es decir, ella se acaba dos pares de zapatos cuando en realidad sólo usa uno. A la simetría en el resto de su cuerpo, dice, no le pone ningún pero. Pero ¿de qué simetría podría hablarse si la base aparece cargada para un lado? –y no lo digo con afán de desdén.
Mi brazo derecho no es igual que el izquierdo, cuya abisal diferencia me vuelve asimétrico. Más aún, el brazo derecho, en contraparte del otro, ha cargado con un desprecio por muchos años dado por las miradas ajenas; por las burlas, aunque hoy inexistentes, de las que fue objeto. El izquierdo, por definición práctica, es el fuerte, “el bueno”, el que no tiene fisura alguna. El derecho, en cambio, parece que cuelga, desmadejado, como si no formara parte del cuerpo del que sin embargo no puede zafarse. Con todo, el derecho va a la cabeza al momento de llevar a cabo cualquier cosa, y el izquierdo, siempre, sumiso, detrás; lo respalda.
Kawabata inicia su relato “Un brazo” de este modo: “Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche –dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.” Y más adelante: “(….) –¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra? –Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.” Imagino entonces a alguien desmembrando sus brazos al momento de dormir, dejándolos reposar a un lado de la cama, como en vigilante espera, por si los llegase a necesitar.

“Ya no sabré decir, Amada, / si hemos de reinventar el tiempo, / pero tu piel, que no es más que mi piel bordada de testigos / que probaron su amor para los siglos, / ha de crecer como colina fértil para bajar al valle, / ha de temblar como los peces para ganar el agua, / ha de extenderse como un ave para ganar el aire, / habrá de ser como la vida: la dilatada ola para cubrir la muerte. / Es una piel, Amor, de tiempo. / Pues en verdad, se nos muere este día con hermosura / si pronuncio tu nombre, / si pronuncio tu nombre como sol, o mar, o viento.”
Juan Bañuelos, “La piel del tiempo” en Espejo humeante (1968)

Imagen: www.coagpontevedra.es

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

Y acá entre nos: yo tengo un problema muy similiar, mi pierna derecha es más corta que la izquierda, imperceptible, cosa de milímetros. Sin embargo, estos miles me hacen perder el equilibrio constantemente :S