martes, 7 de octubre de 2008

Un tren y una locura


La salida se había adelantado. Había que desaparecer, así sin más, de un día para otro. Había que mantener, como fuera, la esperanza, porque “la esperanza es buena. Y las cosas buenas no merecen morir”. Se organizaron para cubrir todos los flancos, con la intención de, en la medida de lo posible, no dejar nada valioso o útil, no olvidar algo que más adelante pudieran necesitar.
En ese vaivén frenético, en las idas y vueltas sobre los mismos pasos pero en distintas direcciones, todos los rostros tenían una línea de premura, de temor, de incertidumbre: alguien, en medio del trajín de los preparativos, agitando los brazos, con evidente zozobra, se detuvo, y preguntó a todos y a nadie al mismo tiempo: ¿volveremos? La respuesta no formaba parte de las tareas pendientes: nadie le respondió, nadie siquiera se tomó la molestia de mirarlo.
Al fin, pasados algunos días, tras numerosas deliberaciones –la mayoría resueltas por el loco de la comunidad– y de vislumbrar cómo llenar todos los vacíos habidos y por haber, una noche, apresurados, con una dirección cierta pero intrazable, treparon al tren que construyeron –sólo compraron la locomotora– y dejaron su pueblo en medio de un silencio que tuvieron que inventarse, pues eran un pueblo demasiado expresivo, que de todo hacía alharaca: incluso al pensar todos hablaban al mismo tiempo, dejando tras de sí –siempre daban vueltas– un zumbido molesto y desgastado.
El viaje se inició. Y acabó de la mejor manera.
¿Schlomo lo imaginó, lo soñó, lo contó tal cual pasó, lo inventó, lo recordó, lo construyó movido por esa rara esperanza que abrigan los locos?

“En la punta de la flecha ya está, invisible, el / corazón del pájaro. / En la hoja del remo ya está, invisible, el agua. / En torno del hocico del venado ya tiemblan, / invisibles, / las ondas del estanque. / En mis labios ya están, invisibles, tus labios”
William Ospina, “El amor de los hijos del águila” en El país del viento

(El filme es referido es El tren de la vida, de Radu Mihaileanu.
Entre jueves y viernes de la semana que recién terminó manejé en automóvil casi 1,200 kilómetros: entre toda esa distancia está incluido el tramo carretero que va de Manzanillo a Puerto Vallarta, toda la Costa Alegre jalisciense; algo que alguna vez pensé hacer, sólo que mi pretensión no contemplaba hacerlo de noche y por motivos de trabajo, tal como aconteció.
Y tu voz… –pese a todo – ininterrumpida–, continúa colmándose de aves marinas….)

Imagen: www.lasprovincias.es

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