
Otra de las nenas, murió. Hace dos días dejó su postura erguida, quedó ahí, doblada; y es que desde hace tiempo se le veía cabizbaja, apagada. No obstante algunos intentos de resucitación, acabó por doblarse y quedar al ras de la tierra. Me percaté de su muerte mientras escuchaba algún disco y me disponía a continuar la lectura del libro en turno. Murió. Ya sólo quedan dos de las antiguas, y una más que hace poco se integró al paisaje casero. Deana y Víctor, cuando se enteren, serán presas de la congoja: esa nena había cruzado el mar para llegar aquí. Lástima. Su partida trajo resabios de tristeza. Pero ya no se veía por dónde pudiera recuperarse de ese largo desaliento en que había caído. La Chica Azul, seguramente, también lo lamentará, aunque ella de una manera distinta: sus querencias tienen un raro olor a corazón abierto.
"Ay, mira qué felicidad, yo tengo; ay, mira qué felicidad, yo soy el tonto que va tras el aire y se pone contento de poder respirar"
Frank Delgado, "Mi alma se perdió en la carretera"
(Hoy, madrugada de sábado, es el primer día de los últimos trece en que no iré a trabajar: han sido días cansados.)
Imagen: www.maikelnai.es
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