
Un solo de saxofón se inmiscuye, primero a pasos quedos y después con un sofisticado estrépito, en la quietud, y la penumbra, a fuerza de permanecer muda, se vuelve un desamparo….
La música tiene algo de salvaje: me es dable dejarme ir en picada en los abismos que va abriendo. Hay quien dice que lleva la música por dentro: lamentablemente (sólo para mí) yo no, yo la llevo por fuera (o ella me lleva, no lo sé), como si a cada paso fuera resbalando y quisiera regarse en todo lugar, con miras a pernoctar, terca e ingobernable, en ese vaivén desperdigado.
La música tiene algo de desconcierto: cuando los sonidos se las ingenian para sembrarnos en el medio de una habitación y nada más importa, ni los objetos que nos vigilan, ni las ventanas que traen a la gente y la calle hacia dentro, ni las paredes que parece que ciñeran el universo, ni el meteórico silencio que vive refundido en las entrañas; cuanto todo se me abalanza, titubeo.
La música tiene algo de invención: el mismo rostro con el que venimos al mundo y con el que nos iremos de esta tierra de un momento a otro cambia, se reinventa, desaparece y al volver no trae ya ningún rasgo conocido desde el principio, desde antes del principio.
La música tiene algo de frenesí: se lleva ya un andar desbordado, un mirar revolucionado, un actuar bajo otros parámetros, un hablar con palabras no por todos conocidas, un cantar sin otra aspiración que saberse vivo, un tatarear siendo presa de un oleaje iracundo e inestable.
¿Por qué diablos no fui músico?
“Y hay una sangre sola / moviendo un corazón desorbitado / como aturdido pájaro / que torpe se golpea en muros pertinaces, / que no conoce el cielo, / que no sabe siquiera que hay un ámbito / donde acaso sus alas ensayarían el vuelo”
Rosario Castellanos, “Destino” en De la vigilia estéril
Imagen: acrobatas.blogia.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario