
En un día de esta semana que recién terminó, debido a algunos trámites que tenía que realizar, me acerqué a un policía en la Plaza Tapatía para preguntarle: “¿sabe dónde queda la Contraloría del Estado?”. “Sí”, me respondió y enseguida guardó silencio.
En ese momento, casi sin quererlo, sonreí: lo que yo quería era que me indicara dónde quedaba ese edificio. Pero mi pregunta no lo explicitaba. El policía, después reflexioné, se había limitado a responder lo que se le había cuestionado. Así que, tras un momento de duda, volví a preguntar: “¿me puede decir por favor dónde queda?”. El uniformado, acto seguido, me dio las señas exactas.
A menudo no reflexionamos en esas pequeñeces y vamos por el mundo de preguntones esgrimiendo tan pocas palabras que, para qué negarlo, la mayoría de las veces son entendibles, porque hay muchas cuestiones que están sobreentendidas o porque los referentes son tan obvios que en el trato cotidiano casi, diríase, se vuelven mecánicos. Y de esto hay un sinnúmero de ejemplos.
No obstante esta práctica bastante extendida y tan poco tomada en cuenta, el lenguaje no pierde su riqueza con estas expresiones, antes bien hace crecer su ya de por sí magnífico abanico. Y miren que, me lo han dicho, tengo una actitud un tanto inflexible ante las torceduras que se le aplican al lenguaje y a las que, en ocasiones, siempre de manera inconsciente, yo también recurro.
“Un resplandor desnudo, / una luz calcinante / se interpuso en mi ruta, / me fascinó de muerte, / pero logré evadirme / de su letal influjo, / para seguir volando, / desesperadamente”
Oliverio Girondo, “Vuelo sin orillas”
Imagen: laninaysumundo.wordpress.com
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