
Ayer, en una céntrica calle, por la tarde estacioné el auto “siguiendo las indicaciones” de un franelero, un viene-viene o un apartalugar, como quiera llamárseles; Ana García Bergua los ha bautizado como “La cofradía de la santa cubeta”.
El asunto a reflexionar aquí es que al descender del auto, el empeñoso y trabajador franelero –que, dicho sea de paso, nunca sabe uno por dónde van a aparecer– me dijo: “¿Una lavadita?”. Le contesté que no. Enseguida, muy orondo, me espetó: “Ai le voy a encargar un veinte”. El tipo, sin ninguna autoridad e incluso antes de brindar su servicio de “guarura de las calles” pretendía que le diera 20 pesos. ¡Qué desfachatez! Ahora han llegado a la ridícula –pero no menos agraviante– pretensión de establecer cuotas: se han erigido en una especie de tasadores de los espacios públicos.
Es una voz común que va tomando dimensiones de alud: un ejército compuesto de cientos de efectivos con mañas y una pizca de arribismo han tomado las calles, las han convertido en su trinchera, cuartel, campo de batalla y explanada para ceremonias oficiales –perdónenseme los adjetivos, sólo fue por enumerar palabras de un mismo campo semántico–.
“¿Hasta dónde llegaremos?”, exclamaba mi abuelo cuando las cosas tomaban un rumbo incierto; quizá esa expresión podría aplicarse aquí, aunque con unos pasos más allá: ¿llegará el momento en que no sólo tengamos que pagar por anticipado a estos miembros de “La cofradía de la santa cubeta”, sino que ellos, con arbitrariedad, decidan quién puede estacionarse o no en sus dominios?
“Si pienso que fui hecho para pensar el sol, para decir cosas que despierten amor, ¿cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror?”
Silvio Rodríguez, “Sueño de una noche de verano”
(Del concierto de Bregovic y su banda de Bodas y Funerales escribiré mañana; por aquello de no relatar disparatancias producto de un estado todavía enfebrecido.
Mientras participé en la lectura pública de Al filo del agua constaté lo siguiente: los pocos oyentes en realidad estaban en otro lado. Lástima.
Mensaje para los protagonistas del fin de semana naco: lamento de veras mi falta de tacto y consideración. Estoy apenadísimo.)
Imagen: www.caminandosinrumbo.com
El asunto a reflexionar aquí es que al descender del auto, el empeñoso y trabajador franelero –que, dicho sea de paso, nunca sabe uno por dónde van a aparecer– me dijo: “¿Una lavadita?”. Le contesté que no. Enseguida, muy orondo, me espetó: “Ai le voy a encargar un veinte”. El tipo, sin ninguna autoridad e incluso antes de brindar su servicio de “guarura de las calles” pretendía que le diera 20 pesos. ¡Qué desfachatez! Ahora han llegado a la ridícula –pero no menos agraviante– pretensión de establecer cuotas: se han erigido en una especie de tasadores de los espacios públicos.
Es una voz común que va tomando dimensiones de alud: un ejército compuesto de cientos de efectivos con mañas y una pizca de arribismo han tomado las calles, las han convertido en su trinchera, cuartel, campo de batalla y explanada para ceremonias oficiales –perdónenseme los adjetivos, sólo fue por enumerar palabras de un mismo campo semántico–.
“¿Hasta dónde llegaremos?”, exclamaba mi abuelo cuando las cosas tomaban un rumbo incierto; quizá esa expresión podría aplicarse aquí, aunque con unos pasos más allá: ¿llegará el momento en que no sólo tengamos que pagar por anticipado a estos miembros de “La cofradía de la santa cubeta”, sino que ellos, con arbitrariedad, decidan quién puede estacionarse o no en sus dominios?
“Si pienso que fui hecho para pensar el sol, para decir cosas que despierten amor, ¿cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror?”
Silvio Rodríguez, “Sueño de una noche de verano”
(Del concierto de Bregovic y su banda de Bodas y Funerales escribiré mañana; por aquello de no relatar disparatancias producto de un estado todavía enfebrecido.
Mientras participé en la lectura pública de Al filo del agua constaté lo siguiente: los pocos oyentes en realidad estaban en otro lado. Lástima.
Mensaje para los protagonistas del fin de semana naco: lamento de veras mi falta de tacto y consideración. Estoy apenadísimo.)
Imagen: www.caminandosinrumbo.com
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