
La otra tarde, en un parque céntrico, leía, o hacía como que leía porque en realidad me cuidaba de que las palomas no hicieran blanco sobre mi cabeza, cuando un hombre, vestido de negro, descalzo –los talones de sus pies estaban ajados–, con suéter –el calor a esas horas modorras calaba con enjundia–, el pelo largo, sin peinar, melindroso, los ojos botados, acuosos, con un costal sobre la espalda se acercó a la fuente: llevó agua con sus manos a su cabeza en tres o cuatro ocasiones, y respiraba como si estuviera a punto de zambullirse en una laguna enorme. Prácticamente se dio un baño: en ese momento lo envidié, de alguna forma quise deshacerme de lo bien vestido que iba y de buena gana saltar al centro de la fuente. En esas añoranzas me entretenía cuando me di cuenta que yo no era el único mirón: quienes estaban en las otras bancas y aquellos transeúnsentes que iban o volvían del Centro, le dedicaron un momento y se le quedaban mirando: había en ellos algo que me hacía pensar que también deseaban mojarse públicamente sin más, olvidarse de todo y saltar como niños en los charcos que la lluvia deja a su paso.
Por un rato el hombre se quedó ahí, sentado en el filo del redondel, fijando la vista en nada en particular; sin querer me encontré con sus ojos: en ellos alcancé a ver una especie de vacío, de largo desierto caliginoso. Desvié la mirada. Al fin se irguió, abrió su costal y sacó una bolsa negra: en su interior vació algunos puños de agua, la cerró y la agitó una y otra vez y se dirigó a uno de los jardines del extremo: tras recargarse en un árbol, introdujo la mano en aquella bolsa gelatinosa y comenzó a arrojar puñados de migas húmedas a las palomas que, en cuestión de minutos, lo rodearon, le hicieron valla, se le encaramaron como si se tratara de un monumento de cantera o bronce: se me figuró que el hombre era una mole de palomas que aleteaban y planeaban sobre las bancas y la fuente y remontaban la ciudad entre gotas y migas….
“Antes de que nos olviden, haremos historia….”
Caifanes, “Antes de que nos olviden”, en El Diablito
(La ventana del depa de D. y V. es en realidad una caja de colores: al correr la cortina se abre ante los ojos una ciudad nueva, distinta cada tarde.
Bebesito trae zapatos ortopédicos: aún no lo he visto correr con esos armatostes bajo sus pies.
Ahí se los dejo: el IMSS reveló que el año pasado se dieron diez embarazos en niñas menores de 10 años. ¿Puede haber algo más parecido al horror, a lo perverso?)
Imagen: http://fotoblog.dispersi0n.net
Por un rato el hombre se quedó ahí, sentado en el filo del redondel, fijando la vista en nada en particular; sin querer me encontré con sus ojos: en ellos alcancé a ver una especie de vacío, de largo desierto caliginoso. Desvié la mirada. Al fin se irguió, abrió su costal y sacó una bolsa negra: en su interior vació algunos puños de agua, la cerró y la agitó una y otra vez y se dirigó a uno de los jardines del extremo: tras recargarse en un árbol, introdujo la mano en aquella bolsa gelatinosa y comenzó a arrojar puñados de migas húmedas a las palomas que, en cuestión de minutos, lo rodearon, le hicieron valla, se le encaramaron como si se tratara de un monumento de cantera o bronce: se me figuró que el hombre era una mole de palomas que aleteaban y planeaban sobre las bancas y la fuente y remontaban la ciudad entre gotas y migas….
“Antes de que nos olviden, haremos historia….”
Caifanes, “Antes de que nos olviden”, en El Diablito
(La ventana del depa de D. y V. es en realidad una caja de colores: al correr la cortina se abre ante los ojos una ciudad nueva, distinta cada tarde.
Bebesito trae zapatos ortopédicos: aún no lo he visto correr con esos armatostes bajo sus pies.
Ahí se los dejo: el IMSS reveló que el año pasado se dieron diez embarazos en niñas menores de 10 años. ¿Puede haber algo más parecido al horror, a lo perverso?)
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