miércoles, 30 de abril de 2008

De la patada


“El futbol es sufrimiento, pero bien vale la pena…” decía en un reportaje antier por la noche un comentarista televisivo. Las imágenes, entre otras, que acompañaron tal declaración incluían: los rostros, desencajados y llorosos, dolientes y trabados, de aficionados y jugadores de Veracruz, equipo recién descendido a la segunda división (que aquí, por una cuestión engañosa y obedeciendo un triste formulismo, se han empeñado en llamar primera división “a”).
El futbol es capaz de acrisolar, entre sus adeptos es obvio, un sinnúmero de manifestaciones, estados de ánimo y actitudes que resulta difícil que alguien ponga en duda su poder de aniquilamiento: el aficionado ya no depende de sí mismo, le ha entregado su alma al diablo, que lo ha seducido al presentársele en forma esférica.
Juan Villoro, por su parte, propone en Dios es redondo que el futbol es más que un ejercicio lúdico: no obstante que se trata de la actuación de 22 de pantalón corto sobre el césped que (¿para qué negarlo?) arrastra multitudes, se habla asimismo de la práctica de un juego cuyo escenario puede desbordar la vida, porque las pasiones desde hace mucho han sido rebasadas.
Sin embargo, hay quien dice que el futbol es un concierto (¿des-concierto?) desarticulado de patadas y sudor a chorros (¿tanto, para anidar una pelota en un recuadro blanco?): la armonía viene dada, objeta Villoro –y yo con él–, por aquel ritmo con el que la red recibe un balón que ha rebasado la línea de meta y un eco venido de las gradas se prolonga hasta el infinito, con precisión infinitesimal.
Anoto una última consideración mía resultante de lo que propone Galeano: El hincha –el aficionado, por utilizar el término que usa el uruguayo– es el receptáculo último, pero no por eso de menor valía, de un deporte que en su ejercicio da cabida a la magia y a deslumbrantes actos de pretidigitación, tras de los cuales un sombrero recorre las gradas en busca de un aplauso, un grito descollante o una multitud de rostros enfebrecidos e iluminados.

“Realmente me irrita este ruido, este partido que vuelve a colarse en mi vida cuando mi único proyecto era pagar los impuestos y envejecer con dignidad. Es decir, un proyecto de intelectual olímpico, goethiano. Y a medida que voy escribiendo renace en mí la bestia de grada, el militante rojiblanco, el seguidor de aquella entidad que era más que un club antes de convertirse en una empresa que vende sobrecitos proteínicos y curativos y aguas milagrosas
Manuel Vázquez Montalbán, citado por Villoro en Dios es redondo
(las cursivas fueron introducidas por mí, con total desfachatez y atrevimiento)

(Ayer, de nueva cuenta y para sorpresa de muchos, entre los que me incluyo, cayó una llovizna: la prisa por llegar a casa desapareció de pronto.
El sábado vi a algunos de Los Solos: parece que hay buen viento para que el proyecto de la locura llegue a buen puerto.
Ahí se los dejo: El sujeto austriaco, llamado por los medios como el "monstruo de Amstetten", que llevó en secreto una fiesta horrorosamente desquiciada por más de 24 años con su hija, me hizo recordar a Gabriel Lima, el protagonista de El castillo de la pureza de Ripstein que, vale anotarlo, se basó en algunos hechos reales ¿Será esto cíclico?)
Imagen: www.argentina.blogalaxia.com

lunes, 28 de abril de 2008

El señor de las palomas


La otra tarde, en un parque céntrico, leía, o hacía como que leía porque en realidad me cuidaba de que las palomas no hicieran blanco sobre mi cabeza, cuando un hombre, vestido de negro, descalzo –los talones de sus pies estaban ajados–, con suéter –el calor a esas horas modorras calaba con enjundia–, el pelo largo, sin peinar, melindroso, los ojos botados, acuosos, con un costal sobre la espalda se acercó a la fuente: llevó agua con sus manos a su cabeza en tres o cuatro ocasiones, y respiraba como si estuviera a punto de zambullirse en una laguna enorme. Prácticamente se dio un baño: en ese momento lo envidié, de alguna forma quise deshacerme de lo bien vestido que iba y de buena gana saltar al centro de la fuente. En esas añoranzas me entretenía cuando me di cuenta que yo no era el único mirón: quienes estaban en las otras bancas y aquellos transeúnsentes que iban o volvían del Centro, le dedicaron un momento y se le quedaban mirando: había en ellos algo que me hacía pensar que también deseaban mojarse públicamente sin más, olvidarse de todo y saltar como niños en los charcos que la lluvia deja a su paso.
Por un rato el hombre se quedó ahí, sentado en el filo del redondel, fijando la vista en nada en particular; sin querer me encontré con sus ojos: en ellos alcancé a ver una especie de vacío, de largo desierto caliginoso. Desvié la mirada. Al fin se irguió, abrió su costal y sacó una bolsa negra: en su interior vació algunos puños de agua, la cerró y la agitó una y otra vez y se dirigó a uno de los jardines del extremo: tras recargarse en un árbol, introdujo la mano en aquella bolsa gelatinosa y comenzó a arrojar puñados de migas húmedas a las palomas que, en cuestión de minutos, lo rodearon, le hicieron valla, se le encaramaron como si se tratara de un monumento de cantera o bronce: se me figuró que el hombre era una mole de palomas que aleteaban y planeaban sobre las bancas y la fuente y remontaban la ciudad entre gotas y migas….

“Antes de que nos olviden, haremos historia….”
Caifanes, “Antes de que nos olviden”, en El Diablito

(La ventana del depa de D. y V. es en realidad una caja de colores: al correr la cortina se abre ante los ojos una ciudad nueva, distinta cada tarde.
Bebesito trae zapatos ortopédicos: aún no lo he visto correr con esos armatostes bajo sus pies.
Ahí se los dejo: el IMSS reveló que el año pasado se dieron diez embarazos en niñas menores de 10 años. ¿Puede haber algo más parecido al horror, a lo perverso?)

Imagen: http://fotoblog.dispersi0n.net

viernes, 25 de abril de 2008

Apoteosis


Que yo escriba la palabra “apoteosis” no es algo que sorprenda a estas alturas, por mis continuas recurrencias a este término. Pero quizás nunca como en esta ocasión para esculpirla con detenimiento, a-p-o-t-e-o-s-i-s, para inmortalizarla en una marquesina que no se venga abajo con el paso del tiempo, para deletrearla con un sabor que no se extinga no obstante el perecedero proceder de las palabras.
Apoteosis, así, llanamente apoteosis, de este modo podría calificar el concierto de Goran Bregovic, acompañado de su banda Bodas y Funerales, hace dos días en un teatro tapatío que, por cierto, se abarrotó hasta los candiles –bueno, tal vez exagero porque no tiene candiles–.
Es cierto, Bregovic todo el tiempo se dirigó al público en inglés –idioma que no hablo y entiendo muy poco–, sus coristas entonaron en una lengua que no pude ubicar –baste decir que son de Sofía, Bulgaria–, el otro vocalista es un gitano de voz que va en zig-zag y continuamente retorna, y los restantes miembros de la banda son originarios de Serbia. Así que el hilo que prevaleció entre la banda y un servidor, fue solamente la música: calcinante, deliciosa, embriagante, apoteósica, sí, a-p-o-t-e-ó-s-i-c-a; música que a veces emergía desatada, desaforada en sus acentos, y en otras tantas brotaba con una mesura que resultaba abrigable y en ocasiones venía dosificada, como ese antídoto que procura el buzo en medio de una crisis y asoma a la superficie para renovar sus pulmones que están a nada de reventar.
Los tonos, mixturas, las alas en los instrumentos, la concatenación de renglones sonoros, todo de la mano parecía provenir de lugares remotos: en su trayectoria ese todo se iba agrandando, acumulando fuerza, sobrevolando y, al fin, horadando los ojos y los oídos y las manos y la sola alma a la que concurrimos todos los que estábamos en las butacas….

“Quiero cantar, cantar hasta sentirme / hueco de todas las palabras, ebrio / de mi boca desnuda”
Jaime García Terrés, “Elegía portuguesa” (2) en Las provincias del aire

(Este post está dedicado a la Chica Azul)

Imagen: www.lagonordlive.it/images2/bregovic3.jpg

jueves, 24 de abril de 2008

Ai le encargo


Ayer, en una céntrica calle, por la tarde estacioné el auto “siguiendo las indicaciones” de un franelero, un viene-viene o un apartalugar, como quiera llamárseles; Ana García Bergua los ha bautizado como “La cofradía de la santa cubeta”.
El asunto a reflexionar aquí es que al descender del auto, el empeñoso y trabajador franelero –que, dicho sea de paso, nunca sabe uno por dónde van a aparecer– me dijo: “¿Una lavadita?”. Le contesté que no. Enseguida, muy orondo, me espetó: “Ai le voy a encargar un veinte”. El tipo, sin ninguna autoridad e incluso antes de brindar su servicio de “guarura de las calles” pretendía que le diera 20 pesos. ¡Qué desfachatez! Ahora han llegado a la ridícula –pero no menos agraviante– pretensión de establecer cuotas: se han erigido en una especie de tasadores de los espacios públicos.
Es una voz común que va tomando dimensiones de alud: un ejército compuesto de cientos de efectivos con mañas y una pizca de arribismo han tomado las calles, las han convertido en su trinchera, cuartel, campo de batalla y explanada para ceremonias oficiales –perdónenseme los adjetivos, sólo fue por enumerar palabras de un mismo campo semántico–.
“¿Hasta dónde llegaremos?”, exclamaba mi abuelo cuando las cosas tomaban un rumbo incierto; quizá esa expresión podría aplicarse aquí, aunque con unos pasos más allá: ¿llegará el momento en que no sólo tengamos que pagar por anticipado a estos miembros de “La cofradía de la santa cubeta”, sino que ellos, con arbitrariedad, decidan quién puede estacionarse o no en sus dominios?

“Si pienso que fui hecho para pensar el sol, para decir cosas que despierten amor, ¿cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror?”
Silvio Rodríguez, “Sueño de una noche de verano”

(Del concierto de Bregovic y su banda de Bodas y Funerales escribiré mañana; por aquello de no relatar disparatancias producto de un estado todavía enfebrecido.
Mientras participé en la lectura pública de Al filo del agua constaté lo siguiente: los pocos oyentes en realidad estaban en otro lado. Lástima.
Mensaje para los protagonistas del fin de semana naco: lamento de veras mi falta de tacto y consideración. Estoy apenadísimo.)

Imagen: www.caminandosinrumbo.com

miércoles, 23 de abril de 2008

Prolongaciones


El espejo es un objeto que no pasa desapercibido: donde hay uno siempre habrá quien se asome a su interior; y cuanto más cerca, mucho mejor. El espejo, como si de una película se tratase y a todo lo largo y ancho de sus posibilidades, corre un sinnúmero de cuadros en los que se retrata, con toda fineza y perfección, lo que sucede de este lado (suponiendo que el espejo se erija como “el otro lado”): una imagen totalmente semejante, salvando la proyección a la inversa.
El espejo, por ejemplo, en Sueño de Arizona funciona como una cámara más al mando del director: una de las escenas (de muchas) más significativas del filme sucede cuando dos de los protagonistas sentados a la mesa juegan, con una extraña mezcla de temor y tranquilidad, a la ruleta rusa: la imagen se prolonga en un cuadro más, una ventana, recipiente donde es posible enmarcar a aquellos dos pasándose la pistola, salpicados por la conmiseración de uno y la total dejadez de la otra. El espejo se convierte entonces en el catalizador de las sensaciones y el conducto del acto que ambos pretenden ejecutar y que…. (vean la película).
Cuando Salvador Elizondo comienza cualquier historia, cualquiera de todas sus historias, se sabe que en algún momento de la narración se asomará entre líneas o con todas sus letras un espejo: a menudo el derrotero de lo que cuenta Elizondo va signado por la prolongación intacta que se guarda en el reflejo, por aquello que resulta del involucramiento del objeto en su relación con los personajes.
El espejo, pasando a cuestiones terrenales, en un principio fue considerado un objeto casi de culto y al que pocos podían acceder, pues su valor excedía las posibilidades de la clase media, y sólo tenía cabida en las casonas de los poderosos; en el tiempo extravió esa cualidad y adquirió otra, más ad hoc para estos tiempos: en todos tamaños y presentaciones no falta uno de estos curiosos instrumentos en miles de lugares, cuya lista es larguísima y no está exenta de extrañezas y adjetivos descabellados.

“Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable”
Jorge Luis Borges, “El jardín de senderos que se bifurcan”

(En un rato más seré uno más de los lectores que se apuntaron para recordar a Yáñez con su novela Al filo del agua.
Hoy, también, como si formara parte de una fila india en una escena undergroundiana, seguiré a la banda de Bodas y Funerales.)Imagen: www.hoy-digital.com

martes, 22 de abril de 2008

Un viaje, varios viajes


A propósito de un texto de Boullosa publicado en Día Siete, respecto al poeta Darío Galicia –Piel Divina en Los detectives salvajes de Bolaño–, quiero hacer un comentario –alejado de toda intención culturosa– en torno a esa novela que, según algunos críticos, inauguró una nueva narrativa latinoamericana.
Los detectives salvajes es un viaje: en la novela se narra un viaje pero la novela en sí misma es un viaje. Y es un viaje, asimismo, en muchos sentidos: para los protagonistas es un viaje, para el lector es un viaje, la narración es un viaje; en suma, Bolaño, y sospecho que no lo buscó intencionalmente, propone distintas lecturas y a los lectores nos toca embarcarnos en todos esos mares no sin antes haber quemado las naves y partir. A ratos se trata de un camino alucinante, despistado, lleno de sorpresas, a veces oscuro y otras tantas luminoso, saturado de referencias y microhistorias, de trampas y miniautobiografías dictadas por las voces de los retratados.
Roberto Bolaño fue un narrador que no se apegó a ningún molde, a ninguna fórmula preconcebida o cuadrada, a nada que no fuera lo que su pluma le iba dictando, llevándolo por derroteros que ni él mismo conocía dónde iban a desembocar: esa búsqueda frenética y desesperada de Cesárea Tinajero se va reinventando conforme los detectives salvajes encuentran una pista, por mínima que sea, ya sea a nivel narrativo ya a nivel anecdótico.
Es cierto que esta novela merece glosarse de manera exhaustiva, con detenimiento, quizá conectándola con numerosas referencias y sin dejar de lado su valor narrativo, pero el espacio aquí no es el idóneo y no pretendo por el momento llevar a cabo tan descomunal ejercicio.
Entonces, lo que resta decir, y por anotar lo menos, es que Los detectives salvajes vino a refrescar -tal vez a reinventar- el panorama no sólo de la narrativa chilena –por ser el autor, chileno–, sino la mexicana y alargando el brazo, la latinoamericana y española.

“….esa extraña mirada nos perdió en el exilio del otro”
María Cristina Preciado, “Las ciudades últimas de febrero: mirada y extrañamiento”

(Bregovic, con su banda de Bodas y Funerales, traerá los aires de Underground, Sueño de Arizona y Gato negro, gato blanco al bajocielo tapatío.
Hoy me han contado que Chu, de vuelta de la calle, cruzó la puerta con otro semblante: la de aquella que bailó de otro modo la vida.
Ahí se los dejo: Mañana habrá una lectura pública de la novela Al filo del agua del hijo pródigo del Barrio del Santuario, Agustín Yáñez; cientos de voces, como si se trata de una especie de Torre de Babel sonora, armarán ese rompecabezas en que se convierte un libro cuando es hojeado por muchos.)
Imagen: alhamar-critica.blogspot.com

viernes, 18 de abril de 2008

Un mago



“Mira, aquel hombre, el que está a punto de cruzar la calle, es poeta”. Esta declaración, si no descabellada o inimaginable, es casi imposible escucharla en alguna conversación cotidiana. ¿Quién es poeta? ¿A quién se le puede llamar poeta? ¿Es identificable el poeta como lo es el zapatero, el carnicero, el burócrata, el panadero, el maestro, el voceador?
“Un poeta, escribe Chumacero, no es un ciudadano recomendable para disponer de algo más que de su propia conciencia”. Es un ser imposibilitado, que carece de margen en la cotidianidad, que no cuenta con credenciales para actuar en los asuntos mundanos, salvo que su labor se remita a reseñar aquello que ve de manera pastosa, animada, adornada, incluso torcida.
“Un poeta es un hombre, agrega Chumacero, que vierte la palabra de acuerdo con significaciones no siempre apegadas al uso corriente del lenguaje”. ¿A qué se dedica entonces el poeta? ¿Acaso a llegar a lo mismo que dicen los demás, sólo que él atraviesa oscuros renglones y se vale de un abecedario no por todos conocido, que ha pasado de poeta en poeta por los siglos de los siglos y como si se tratase de una clave indescifrable para los demás?
Anota Chumacero que “el poeta es el antípoda del ‘hombre de bien’, el enemigo de la cordura, el perverso que todo lo desvirtúa”. ¿Qué produce el poeta? Si fuéramos gobernados por un poeta, ¿habría un futuro posible? Y, finalmente, ¿el poeta es de este mundo –entendiéndolo como la cotidianidad y lo terrenal– o por sus características y cualidades vino de lugares lejanos? Sí, el poeta es un desterrado, un mago, un vidente, un poeta.

“Sobre las grietas de sus manos / podían hundirse mil noches / y no volver a hallarlas”
Enriqueta Ochoa, “Al hacedor de templos, en el llanto…” en Los himnos del ciego

(Los apuntes de Chumacero fueron tomados de “Acerca del poeta y su mundo”, en Los momentos críticos.
Los protagonistas del fin de semana naco quizá coincidamos en una cocina: aprender a cocinar constituye un paso que no puede esperar mucho.
Ahí se los dejo: la ola de voces que pregonan por el boicot a las Olimpiadas a celebrarse este año en China, está tomando una altura que las autoridades de ese país parece no podrán controlar.)
Imagen: rondadepoetas.blogspot.com