
Alguna vez, cuando niño, fui al circo: gracias a aquellas promociones que conjuntamente realizaban los dueños del sidral aga y el Atayde hermanos. Borrosamente recuerdo que el debut bajo una carpa altísima se dio en una tarde de cielo oscuro: mientras duró la función, afuera, más allá de aquel mundo diminuto y pletórico, se vació un torrencial caudal de agua sobre la ciudad que, más tarde, en las noticias de las ocho –que mi padre nunca dejaba de escuchar en la radio-, nos enteramos que arrastró a más de alguno hacia la catastrófe.
Los circos –me refiero a esos que en cualquier colonia periférica o en lugares céntricos cualquier día plantan su carpa-, dicen ahora, ya no son lo que eran antes –de muchas cosas alegan lo anterior; incluso hay quien se ha aventurado a decir que nada es como antes-. El espectáculo circense se ha visto reducido a actos donde los trapecistas y domadores de fieras ya no corren riesgos de perder la vida; los actos de magia, por su parte, se han visto opacados por el descubrimiento de mecanismos que de tan rústicos conducen a la burla y no a la estupefacción; y esa horda de hombres pintarrajeados y vestidos con colores chillantes que corren por la pista, persiguiéndose y golpeándose el trasero unos a otros, no pueden más que provocar tristeza; al final de su atolondrada carrera, incluso se atreven a exigir una gratificación: con un aplauso general y la risa descuidada de los más pequeños se dan por bien servidos.
El circo, visto de esa manera, hace tiempo que dejó de atraerme como un espectáculo de la vida: hoy no pasa de ser una mera mezcolanza extraña de actos y presentaciones que tiran más hacia la lástima que a la imaginación, y cuyos desenlaces tienen que ver con una pobre demostración de habilidades y actos falsos, endiosados por los presentadores pero vapuleados por el alma del público.
Más de una vez pensé, por otro lado, en la vida que llevan quienes forman parte del circo: seres desterrados, trotamundos, tercos viajeros, desarraigados a fuerzas, exiliados de todas las tierras y ciudadanos de un manojo de ciudades. Los imaginé como seres provistos de muchos ojos para guardar cientos de imágenes y muchas palabras para saber qué decir en cada lugar en que montaban la carpa y salían a anunciar sus atracciones por las calles.
Los circos –me refiero a esos que en cualquier colonia periférica o en lugares céntricos cualquier día plantan su carpa-, dicen ahora, ya no son lo que eran antes –de muchas cosas alegan lo anterior; incluso hay quien se ha aventurado a decir que nada es como antes-. El espectáculo circense se ha visto reducido a actos donde los trapecistas y domadores de fieras ya no corren riesgos de perder la vida; los actos de magia, por su parte, se han visto opacados por el descubrimiento de mecanismos que de tan rústicos conducen a la burla y no a la estupefacción; y esa horda de hombres pintarrajeados y vestidos con colores chillantes que corren por la pista, persiguiéndose y golpeándose el trasero unos a otros, no pueden más que provocar tristeza; al final de su atolondrada carrera, incluso se atreven a exigir una gratificación: con un aplauso general y la risa descuidada de los más pequeños se dan por bien servidos.
El circo, visto de esa manera, hace tiempo que dejó de atraerme como un espectáculo de la vida: hoy no pasa de ser una mera mezcolanza extraña de actos y presentaciones que tiran más hacia la lástima que a la imaginación, y cuyos desenlaces tienen que ver con una pobre demostración de habilidades y actos falsos, endiosados por los presentadores pero vapuleados por el alma del público.
Más de una vez pensé, por otro lado, en la vida que llevan quienes forman parte del circo: seres desterrados, trotamundos, tercos viajeros, desarraigados a fuerzas, exiliados de todas las tierras y ciudadanos de un manojo de ciudades. Los imaginé como seres provistos de muchos ojos para guardar cientos de imágenes y muchas palabras para saber qué decir en cada lugar en que montaban la carpa y salían a anunciar sus atracciones por las calles.
“A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos”
Julio Ramón Ribeyro, “Los gallinazos sin plumas”
(La tarde de ayer fue una de esas tardes pletóricas: la Chica Azul bebía café al frente de un escenario cuya pared última era una llovizna.
Ahí se los dejo: según el director galés Peter Grenaway, “el cine no lo inventaron los Lumiére, fueron los pintores”. Los maestros de la luz, los pintores barrocos: Velázquez, Rubens, Caravaggio y Rembrandt, fueron los que dieron vida al cine. “Rembrandt sería hoy un cineasta” ha dicho el director de El libro de cabecera.)
Imagen: Georges Seurat, “El circo” en www.culturageneral.net
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