martes, 6 de mayo de 2008

La carretera


Mi madre, hace muchos años, en un programa que se transmitía en la legendaria estación de Radio Gallito, solía escuchar una canción con un solista indígena, creo que de la comunidad cora, y cuyo nombre no puedo recordar ahora, en la que se hablaba de una mujer que había muerto tras haber sido atropellada tratando de cruzar la carretera. Se llamaba “La muerta”: el argumento de la canción era que se le aparecía sólo a traileros, a quienes les pedía un aventón, y tras algunos kilómetros pedía bajar.

La carretera bien puede ser un misterio: forzando los ojos es posible en algunas ocasiones vislumbrar hasta dónde llega, pero las más de las veces depara una especie de aventura, una extensa película donde convergen múltiples escenarios.
Si la vista se detiene, ¿qué hay más allá? Es necesario recorrerla para ir al encuentro de paisajes que lo mismo producen tristeza que un estado eufórico de animosidad.
Hay un riesgo siempre latente de temor, porque la carretera es como un juego prolongado de placeres y riesgos: bien se sabe que si uno sale a carretera, entre muchas posibilidades, quizás ya no regrese más, quizás se trate del último recorrido de ida, o tal vez tenga lugar un eterno retorno donde igual se suceden curvas, rectas, pendientes, descensos brumosos, y al final no haya un metro más allá de donde se pisa el freno: el abismo tiene rostro y cuerpo, y se le habita cuando menos se piensa.

En un disco que un chompa me hizo favor de grabarme de canciones de León Gieco, no sé cómo fue a parar ahí una rola de Jaime López –creo que mi chompa a estas alturas no sabe que agregó esa canción– que habla sobre una mujer de blanco que, a orillas de la carretera, pide aventón, y curiosamente como la del indígena, sólo se sube a tráilers.

“…y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras…”
Julio Cortázar, Rayuela

(El post anterior por un error apareció sin texto; probablemente mañana le agregue las letras que por ahí se quedaron.
La costa jalisciense revienta de calor: no basta con meterse a ese oasis, sino que hay que buscarle todos los pies posibles a las palmeras.
Ahí se los dejo: hace poco, en la escuela se armó un diálogo-debate que satisfizo a más de alguno; el meollo fue éste: ¿quién o quiénes, y por qué, decidieron cuáles nombres debían figurar, por ejemplo, en la lista de autores del llamado boom latinoamericano? Porque, déjenme decirles, olvidaron incluir al peruanísimo Julio Ramón Ribeyro. He dicho.)
Imagen: www.ojodigital.com

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