
“Uno es los libros que ha leído, las pinturas que ha visto, la música escuchada u olvidada; uno es la infancia, la familia, los amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas…”, escribe Sergio Pitol en El arte de la fuga, cuando recuerda particularmente sus estadías en Europa y sus continuas vueltas a México, antes de radicar en nuestro país definitivamente a partir de 1988.
Uno, agregaría yo, también es lo que escribe, y si se tiene la fortuna, también lo que escriben sobre uno: se trata de una especie de conformación por partes, de un rompecabezas de miles de diminutas piezas. En este apartado no se tiene injerencia, y el perfil es delineado en su totalidad por aquél que nos regala algunos de sus renglones.
Silvio canta que hay que desconfiar del hombre “que no tiene hijo, ni árbol, ni libro”: todo ello se inscribe asimismo en esa configuración que nos proyecta hacia lo externo, sin considerar la recepción o el rechazo de nuestros semejantes.
Uno es lo que es a partir de lo que otros también le endilgan: lo escrito sobre alguien puede ser verdad o no, puede disparar la filia o la animadversión sobre el personaje en cuestión. Sin embargo, hay otras aristas que se pueden explorar al momento de la escritura: aquellas que nos conducen a conocer pasajes poco divulgados, situaciones del pasado relegadas a rincones de otro modo inaccesibles, misterios hasta entonces no develados, mitos que parlotean alrededor de la verdad, incluso echar abajo falsedades por tanto tiempo anidadas en la imaginería popular.
El misterio, no obstante su cualidad insalvable, es la aureola que todos llevamos sobre la cabeza: en todos hay algo que todavía no ha sido revelado, descubierto, puesto a la luz, ido de boca en boca.
“El silencio es el estado natural del universo: estuvo aquí antes de la humanidad y permanecerá después de que ésta se haya extinguido”
Luis Jorge Boone, “Tres palabras. Notas alrededor de la poesía”
(Hay algo de insano en los “puentes”: el cuerpo se acostumbra a un descanso prematuro.
El tiempo se deja venir con todas sus artimañas: no basta con hacerse a un lado, pues en su regreso puede lograr la embestida.
Ahí se los dejo: Un japonés ‘on the rocks’: según algunos expertos, el mejor whisky del mundo se elabora en el país del sol naciente. ¿Y los ingleses e irlandeses dónde quedaron?)
Imagen: www.ojodigital.net/data/501
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